Pregón de Doña María Teresa Clemente Magán.


  

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE 2008 DE CHINCHILLA.


      Autoridades civiles, militares y eclesiásticas; cofrades, nazarenos, chinchillanos y chinchillanas; queridísimos todos.

      Es para mí motivo de profunda alegría encontrarme aquí esta noche, en Chinchilla, en el pórtico de la Semana Santa. Son muchos años los que llevo viviendo estas fechas por otros lugares de nuestra geografía y de otras geografías del mundo… pero siempre llevé conmigo vuestro recuerdo y con mi pensamiento seguía los pasos de vuestros “pasos” en las procesiones gracias a D. Sebastián que de vez en cuando me ha enviado programas. Bien sabéis que siempre os llevo en el corazón como sé que vosotros me guardáis en el vuestro. Esto es hermoso y es el motivo por el que esta noche estoy aquí, de nuevo (bastante nerviosa y emocionada, por cierto).

      Y es también motivo de hondo agradecimiento y un gran honor, el que me hayáis elegido para hacer este solemne pregón que abre las celebraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. Os doy las gracias de corazón y os confieso que no me esperaba esto. ¿Cómo me iba a imaginar que pudieseis pensar en mí como pregonera? No me considero con la talla suficiente (soy bajita) para participar en semejante acto. Sentí una especie de angustia, de temor, en definitiva: de responsabilidad al disponer sólo de mis palabras para poder expresar tanto recuerdo, tanta emoción, tanta vivencia, tantos sentimientos… pero, a la vez, acudieron a mi mente vuestros rostros, vuestros nombres, todo lo que vivimos (y seguimos viviendo juntos cada vez que se acerca la Navidad) y le dije a Joaquín: “siempre que he acudido a vosotros os he encontrado, si ahora acudías vosotros a mí… aquí estoy”, con bastante miedo; pero aquí estoy.

      No sé si seré capaz de expresar todo lo que llevo en el alma. Es muy alto el listón que han dejado, en este acto, mis predecesores; pero, como he dicho, lo intentaré:

      Desde hace siglos, esta bendita y acogedora tierra, ha mostrado un fervor especial hacia la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor (de esto dan fe las fechas de fundación de las distintas cofradías) y de alguna manera, esta celebración, ha ido marcando el camino y la vida de la ciudad de Chinchilla haciendo de sus ciudadanos cofrades y, en las cofradías haciendo fructificar los valores cristianos de la hermandad, el compromiso y la solidaridad…tan necesarios para llevar adelante tareas comunes: ese saber ceder para no romper la armonía entre los cofrades y entre las cofradías, esa disposición interna para perdonar los fallos (que todos tenemos) y esa grandeza de alma para seguir adelante por encima de las diferencias, los atropellos y tantos pequeños o grandes disgustos que sufrimos cuando se trata de conjugar los distintos puntos de vista etc.

Lo importante es que hoy, un año más, habéis sido capaces de pasar la hoja de los fallos que se acumulan a lo largo del año y aquí estáis de nuevo con el ánimo a punto, dispuestos a celebrar con ilusión, fervor y entusiasmo esta gran Semana.

      Y es que la celebración solemne de la Semana Santa está arraigada en la historia y en la esencia de esta ciudad. Me llamó la atención que en el año 1584 ya se reúnen cofrades de la “Hermandad de la Santa Sangre de Cristo”. Esto hace pensar que mucho antes ya había celebraciones en Chinchilla y disposición de organizarse. Hoy lo que quiero subrayar es que: tanto en los comienzos de la Semana Santa chinchillana, como después a lo largo del tiempo hasta llegar al momento actual en que contáis con el reconocimiento de “Fiesta de interés turístico regional” (por lo cual os felicito de corazón) vuestras hermandades han sabido conservar y transmitir esta manera propia de expresar la fe siendo para otros pueblos ejemplo de constancia y superación hasta situaros, entre aquellos lugares importantes de nuestra geografía, que celebran la Semana Santa.

      Os confieso que desde aquél lejano 19 de septiembre de 1983, en que por primera vez pisé Chinchilla, siempre he contemplado con simpatía, respeto y admiración vuestro modo peculiar de vivir y hacer vivir la Semana Santa. Simpatía porque cuando quieres a alguien amas todo lo que aman esas personas. Respeto porque en vuestra manera de vivir estos días habéis sabido hacer vuestra la manera de vivir la Pasión del Señor de vuestros antepasados, y ese querer ser fieles al legado que recibisteis me inspira profundo respeto. Admiración porque esta Semana es el fruto de muchas semanas de esfuerzo, paciencia, constancia, voluntad… y esto lo hacéis año tras año con la mirada puesta en que todo esté “a punto” para la fecha. Por eso dije antes que la Semana Santa ha marcado y marca en gran parte la vida de Chinchilla.

      Recuerdo que aún conservábamos el gustillo a turrón y a mazapán cuando ya estaban los jóvenes y chiquillos con los tambores y cornetas corriendo por las gélidas calles de nuestro pueblo hacia el punto de encuentro de su cofradía… Ya no podían faltar a la cita: “tenían que ensayar” y me dejaban a medias las reuniones que teníamos programadas en la Parroquia o, sencillamente, no acudían. Aún resuenan en mis oídos las vocecillas de los que hoy ya son padres de hijos creciditos, que ante mi insistencia en que acudieran a los grupos de catequesis me decían: “Mª Teresa, es que tenemos que ensayar” y es que tenían claro (y a mí me dejaban “claro”) que “lo primero era el compromiso con su cofradía”.

      No llegué a asistir a ningún ensayo pero me imagino el derroche de paciencia, y el aguante de los mayores, para conseguir día tras día, año tras año, ensayo tras ensayo, ir pasando “la antorcha” a los más jóvenes que venían “empujando”, queriendo participar… y lograron entusiasmarlos hasta el punto de ser ellos, vosotros… (aquellos chiquillos con los que yo convivía a diario en la escuela y en la catequesis) los que hoy, seguramente, enseñan o enseñáis a vuestros hijos.

      El tiempo ha seguido su curso y durante estos años de mi ausencia, la Semana Santa chinchillana se ha ido renovando y transformando de un modo muy notable. Se ha ido enriqueciendo sin perder lo peculiar y esta noche, me siento muy contenta de poder felicitaros, sinceramente, por ello. Pero soy consciente de que no habrá sido tarea fácil.
      Yo lo contemplo con los ojos de admiración de la que estuvo ausente largos años y al volver se encuentra que todo ha cambiado, ha mejorado.

      Se ha ganado en las imágenes: unas son nuevas, otras se han restaurado. Se ha ganado al incorporar a los niños a las procesiones; da gusto verlos desfilar con tanta dignidad por nuestras calles creando ya el clima propio de estos días de Pasión. Por tanto, se ha ganado en belleza, en participación, compromiso, en ganas de hacer bien las cosas. El llegar hasta aquí, ha requerido el esfuerzo de todos, en mayor o menor grado; pero de todos y todas:

      • De vuestro párroco, D. Sebastián, que con la creatividad que le es innata, seguro que os fue aportando ideas nuevas, nuevos modos de hacer más hermosas las celebraciones, las procesiones…siempre intentando “acercaros” a vivir más profundamente el Misterio Pascual.

      • De cada una de las cofradías, que en su deseo constante de mejorar los actos propios de esta Semana, no escatimaron esfuerzos de ensayos, de organización. Y todo esto en horas “extra”, es decir, después de la jornada laboral.

      • De los que cantan la Pasión que, ensayo tras ensayo, logran superarse cada año.

      • En definitiva, de todas las familias de Chinchilla, puesto que en cada familia hay cofrades, y para que unos desfilen con la túnica y el capuz impecables, el traje de romano, de sota o de apóstol… otras (las madres generalmente) tuvieron que bajar las cajas, donde se guardan, de lo alto del armario y lavar, planchar y poner todo a punto.

      Esto que enumero rápidamente ha supuesto mucho de colaboración y diálogo dos valores cristianos por excelencia que os deben mantener, a lo largo del año, prolongando el fruto de lo vivido y celebrado en estos días.

      Aún recuerdo mi primer contacto con todo lo que suponen vuestras tradiciones; fue el primer sábado de cuaresma de 1984 cuando las “Bozainas” se detuvieron a nuestra puerta y lanzaron su profunda llamada o lamento… en ese momento me di cuenta de que la Semana Santa de los chinchillanos debía ser algo muy especial. No me equivoqué. Desde esa noche, cada sábado de cuaresma, las tres hermanas, al brasero, esperábamos a los panaderos y al grupo de gente que los acompañaba, hasta que se paraban a nuestra puerta… Las “bozainas” van creando, a lo largo de la cuaresma, el clima de preparación para el gran acontecimiento; nos recuerdan que ese tiempo especial ha comenzado, que hay que ir preparándose interiormente porque, como Jesús, hemos de pasar de la muerte a la vida. Hemos de cambiar el corazón, ponerlo a punto, para celebrar, como creyentes, la Pascua del Señor.

      Recuerdo, con mucho cariño, cada una de aquellas Semanas Santas que viví entre vosotros, y a mi mente vienen todos los rostros de tantas personas que conocí y que amé profundamente y que nos dejaron. Hoy, sé que desde el cielo se alegran de que esté aquí de nuevo, esta noche, hablando con vosotros como en aquellos tiempos (de juventud). Ellos y ellas también me querían.

      Aún me parece escuchar los tambores y cornetas, perfectamente conjuntados, desfilando por nuestras calles. Y al filo del mediodía del Viernes Santo, en el balcón del Ayuntamiento, me parece ver a un grupo de chinchillanas (no recuerdo si había algún hombre) prolongando con sus voces “La Pasión cantada” ese canto lúgubre que nos sitúa con Cristo camino del Calvario, que nos adentra en el drama de la Madre dolorosa y del Hijo caminando bajo el peso de la cruz, ya a punto de entregar la vida por nosotros.

      Gracias por toda la acogida, cercanía, cariño y generosidad que derrochasteis con toda la comunidad durante los años que vivimos en Chinchilla; pero ahora, esta noche, me habéis querido de nuevo entre vosotros para que os “pregone” la Semana Santa… Hasta ahora os he compartido mis recuerdos y la admiración por todo lo conseguido a lo largo de estos años… y me pregunto: ¿Qué puede y debe decir una misionera en una ocasión como ésta? Porque, a parte de amiga, también os quiero hablar como mujer de fe que habla a otros hermanos en la fe para ayudarnos, mutuamente, a vivir estos días en profundidad; pero me vuelvo a preguntar: ¿Qué puedo y debo decir en esta noche en que comenzamos las celebraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor?

      En primer lugar doy gracias a Dios porque junto a vosotros descubrí toda la necesidad que tenemos, los seres humanos, de exteriorizar, de expresar nuestro sentimiento religioso, nuestra fe.

      Vosotros habéis sabido ser fieles a la tradición recibida de vuestros mayores y, como señalé antes, habéis hecho más grandes y esplendorosas las procesiones; pero junto a la parte de manifestación externa, también debéis tomar de vuestros mayores LA FE PROFUNDA que estaba sustentando lo exterior. No podemos olvidar que celebrar la Semana Santa es:

      Asomarnos al “drama” de un Dios que se hace hombre por nosotros: Jesucristo. Y que por anunciarnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama con ternura infinita, que nos creó para ser felices y que la felicidad consiste en vivirnos como Hijos y tratarnos como hermanos… lo condenan a morir en una Cruz como si de un malhechor se tratase.
      Su propuesta no coincidía con las pretensiones de aquellos que lo mandan crucificar. Su mensaje no interesaba; tenían sus ideas propias sobre “Dios” y cerraron sus oídos a la Palabra de Dios.

      Jesucristo se jugó la vida por anunciar que:
• Dios está a favor de los pobres de verdad.
• Dios está a favor de quienes re-huyen toda violencia.
• Dios está a favor de quienes nadie ama.
• Dios está a favor de los que se sublevan contra la injusticia.
• Dios está a favor de los que respetan al hombre.
• Dios está a favor de los que siempre juegan limpio.
• Dios está a favor de los que construyen la paz entre los hombres.
• Dios está a favor de quienes luchan a favor de la justicia.

      Y por eso lo mataron; se jugó la vida por anunciarnos “La Buena Noticia” y perdió la vida. “Me amó y se entregó por mí” (diría después S. Pablo, y podemos decir cada uno de nosotros) Esto es lo que recordamos y hemos de vivenciar cada Semana Santa. Hoy como ayer, el Señor nos sigue proponiendo su Palabra de Vida porque somos frágiles y se nos olvida. Hoy es tiempo de abrir el corazón, acoger su Palabra y decidirse a entablar una relación personal con Cristo.

      Vivir la Semana Santa es vestirse la túnica propia de cada cofradía pero es también “ceñirse” la túnica como aquel hijo del relato evangélico y “volver a los brazos del Padre” de ese Padre, que cada tarde, se asoma al camino de nuestra vida para ver si regresa el hijo de sus entrañas, el que se le fue de casa. Ahora es tiempo oportuno para dejar “la túnica” vieja de nuestros desvaríos y vestirnos de la dignidad de los hijos de Dios, que eso somos desde el bautismo.

      Hemos de conjugar lo externo y lo interno, la vivencia interior de la fe ha de sustentar lo que vivimos hacia fuera, porque sin esto nuestra Semana Santa se desvanecería al carecer de consistencia… y si se mantuvo hasta aquí, es porque contaba con buenas raíces porque vuestros antepasados la cimentaron en una fe recia. A esto os animo: a fortalecer vuestra fe participando a fondo en las celebraciones de estos días: primero en las litúrgicas (que celebramos dentro de la Iglesia) después por las calles con nuestras procesiones.

      Una ley del rey Alfonso X de Castilla de 1263, recomienda las representaciones en torno a los acontecimientos de la Pasión del Señor para “que estimulen a obrar bien, muevan a devoción y recuerden la memoria del pasado”. Hoy el cuidado y esmero que ponéis en todos los actos de la Semana Santa pueden cumplir esta noble misión: ayudar a otros cristianos a meterse más adentro de ese misterio de amor y entrega hasta la muerte, de nuestro Señor y para los no creyentes, agnósticos o indiferentes que se asomen a nuestra Semana Santa sed vosotros, con vuestro ejemplo de acogida, respeto y amabilidad testigos de la fe que profesamos.

      Mañana es Domingo de Ramos. Chinchilla parece una Jerusalén en pequeño: sus murallas, la estrechez de sus calles… mañana acompañaremos a Cristo que llega a nuestra ciudad para ser el protagonista de nuestra Semana Santa, no viene para ser aplaudido o salir en la TV… sino para recordarnos que “nos amó hasta el extremo”

Ahora es Jesús el que llega hasta nosotros,
en su pollino, caminando por los siglos,
para llorar nuestras miserias,
para bendecirnos con su gracia y benevolencia.
Los misterios de Jesús se renuevan cada día.
Abre tus puertas,
el rey manso y humilde quiere reinar en ti.
Abre las puertas de tu familia,
el rey del amor y de la vida la quiere bendecir.
Abre las puertas de tu cofradía,
el rey de la unidad quiere quedarse en medio.
Abre las puertas de tu pueblo, de chinchilla,
el rey de la libertad quiere clavar en él su bandera.
Presentémosle a niños y jóvenes,
a enfermos y pobres,
que ponga su mano sobre ellos.
Abre las puertas del mundo:
¡Oh Jesús, rey pacífico y liberador,
no dejes de caminar por esta tierra!

      El jueves celebraremos con emoción ese gesto de Jesús, ese amor desbordante que le impulsa no solo a “dar la vida” sino, además, a quedarse en medio de nosotros, para seguir dándonos la vida en el pan de la Eucaristía… ¡Qué locura de amor! Se le ocurre quedarse, como alimento, en medio de un pueblo que está a punto de pedir que lo crucifiquen; se queda entre unos amigos que en las horas más trágicas de su existencia lo abandonan; se queda en medio de nosotros que tantas veces ponemos nuestros intereses por encima de la Eucaristía, y “pasamos” del deseo del Señor.

      ¡Qué importantes son para nosotros las “últimas voluntades”! La víspera de su muerte Jesús, nos encarga: “Haced esto en memoria mía”. Esa fue una de sus últimas voluntades: que le recordemos juntos y repitiendo el gesto de ese primer Jueves Santo de la historia: celebrando la Eucaristía. Sería muy provechoso preguntarnos: cómo estamos viviendo ese deseo “último” del Señor.

      El Viernes Santo es día de profundo agradecimiento a tanto amor derrochado. Es día de celebrar la Pasión y Muerte del Señor y dejar ese “beso agradecido” cuando nos acerquemos a adorar su Cruz. Y después, en la procesión, a lo largo del recorrido, mirad el rostro de Jesús (muy bien representado en vuestras imágenes) y decidle desde el corazón:
Señor:
Asumiste nuestro dolor y ya los dolores no duelen tanto.
Asumiste nuestras angustias y amarguras, nuestras depresiones y vacíos, y ya la noche del alma se ha iluminado.
Ya no hay lugar para la desesperanza.
Todos nuestros sufrimientos han sido redimidos y pueden llegar a ser redentores.
Gracias, Jesús, amigo nuestro.
Danos capacidad para amar con tu mismo amor.

      Vivid la experiencia de contemplar, en silencio, a Jesús en la Cruz. Junto a la Cruz nos sentimos radicalmente perdonados. Nosotros hemos puesto el pecado en la Cruz y Cristo nos ha purificado con su sangre.

      No nos atormentemos rebuscando y revolviendo en nuestra historia pecadora ni cultivemos complejos de culpabilidad. Estamos perdonados, perdonados para siempre. Basta confiar, abrirnos a la misericordia.
      Es día de caer en la cuenta que Cristo sigue sufriendo hoy en los que sufren a causa de la violencia, las guerras, la enfermedad… en cada rostro doliente está Cristo… salgamos, como la Verónica a enjugarlo.

      Otra “última voluntad” de Cristo, desde la Cruz, cuando ya casi le faltaba el aliento fue la de “entregarnos a su Madre”… S. Juan nos representaba a cada uno de nosotros, él la acoge en su casa. Vosotros habéis acogido a la Madre del Señor en la advocación de la Virgen de las Nieves y me consta el amor que la profesáis y con cuánta confianza acudís a ella. Sentidla estos días “dolorosa” y presentadla todos vuestros dolores sabiendo que ella, que estuvo al pie de la Cruz junto a Jesús, también está junto a nosotros cuando la vida pone sobre nuestras espaldas pesadas cruces. Que nunca puedan con nosotros el desánimo o la desesperanza, acudamos a nuestra Madre y ella nos alcanzará de su Hijo consuelo y fortaleza.

      Y de la mano de María llegaremos a la Gran Noche, a la celebración de la Pascua: Cristo “pasando de la Muerte a la Vida” . Cristo había pasado la noche más amarga. Amó hasta el final y sufrió hasta el final, en su cuerpo y en su alma. Pero en lo más cerrado de la noche, cuando estaba en el sepulcro, todo se transforma. En la tumba entró el sol, su cuerpo fue ungido y alentado por el Espíritu, y su inmenso corazón empezó a latir con fuerza. La liturgia nos dirá: “Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”.

      Cristo Resucita y resucita en nosotros toda la bondad que encerramos, toda la capacidad de amor, de entrega, de servicio, de ganas de ser mejores personas, mejores esposos, mejores hijos, mejores ciudadanos… y tantos valores que tantas veces amarramos en nuestros interior con las cadenas del egoísmo, el amor propio, la tentación de “pagar con a misma moneda” etc. y no los dejamos “salir de la tumba”.

      Cristo resucita y nos invita a vivirnos resucitados, a viv vivir como personas nuevas. Junto a El desapareces miedos, los temores…porque “…si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros? (dirá S. Pablo) y Cristo Resucitado Vive para siempre en medio de nosotros “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo”.

      Nuestra fe nos empuja, también, a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de todas las personas de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren… por eso haber vivido en profundidad la Semana Santa significa que:

Mientras existan pobres,
tendremos que compartir de lo nuestro con ellos.
Mientras existan enfermos,
tendremos que ponernos a su servicio y hacer todo lo posible para que recuperen la salud.
Mientras exista quien pierda la esperanza,
tendremos que darle de la nuestra.
Mientras exista quien no sabe nada,
nosotros tendremos que decirle lo poco o mucho que sabemos.
Mientras exista quien no se interesa por el Evangelio de Jesucristo,
tendremos que seguir creciendo en la fe y dar pruebas de un amor mayor.

      ¡Ánimo! y que esta nueva Semana Santa que nos disponemos a celebrar sea un adero PASO del Señor por esta ciudad de Chinchilla, un PASO del Señor por nuestras vidas. Gracias. Buenas noches.