Pregón de Don Ignacio García Navarro.


  

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE 2007 DE CHINCHILLA.



Sr. Cura-Párroco
Señor Alcalde
Autoridades
Presidente y directivos de la Junta de Cofradías
Presidentes y Juntas Directivas de las Hermandades.
Presentador del acto, Vicente Albujer, buen chinchillano, buena persona y buen profesional de la radio y en estos días mejor redoblador de tambor.
Paisanos y amigos. Buenas tardes y bienvenidos.

      Una tarde, a finales de enero, recibí en los estudios de la radio, la visita de Joaquín Gabriel García. Iba en nombre de la Junta de Cofradías y quería hablar conmigo.
      No sé si lo que te voy a proponer es (con perdón) un marrón o un honor- me dijo-. En la última reunión de las cofradías te propusimos para ser el pregonero este año y por unanimidad se aceptó la propuesta. (En ese momento yo sólo deseaba que Joaquín siguiera hablando y tener tiempo para buscar una respuesta), pero no fue así, se calló y ya tenía al toro en la plaza. Bueno-le dije- ce- cacute;a que me pedirías que presentara algún acto de estos días, pero jamás pensé en lo que me acabas de anunciar. Para ser sincero, si que es un marrón(entendido como una gran responsabilidad), pero que duda cabe que es un honor.

      Hablamos un rato y se marchó sin un sí ni un no, pero los dos sabíamos que aceptaría. Como no lo iba a hacer, si es la Semana Santa de mi pueblo, la tantas veces esperada, vivida y alabada; como no lo iba a hacer si todas las cofradías dijeron SI, sin peros ni dudas. Este es el gran motivo de que ahora esté aquí. A todos, mi profunda gratitud.

      En los días siguientes, pensé que esto era demasiado, que hay mucha gente que lo merece antes que yo, por preparación, vivencias o años, y no lo digo por quedar bien, lo siento como lo cuento.

      He vivido la Semana Santa de varias maneras:

      Los primeros años de nazareno con “los moraos”, la cofradía de mi familia.

      Después, con 8 ó 9 años, de monaguillo, posiblemente el periodo más intenso, ya que estábamos en todos los actos, dentro y fuera de la Iglesia. Ayudábamos a montar los santos en las andas, preparábamos el monumento, abríamos los portones, tocábamos las campanas, hacíamos de apóstoles en los oficios, portábamos la cruz guía en las procesiones... y así, todo lo que se nos pedía.

      Años más tarde, colgué la túnica y me quedé como espectador, sin dejar ni un momento la cámara de fotos. Ahora me gusta verlas y apreciar los importantes cambios en los últimos años.

      Entre 1997 y 2002 tuve la gran suerte de hacer las primeras retransmisiones integras para una televisión local, Televisión Albacete.

      Recuerdo un Viernes Santo que a las 8:30 de la mañana estaba nevando con ganas. Teníamos todos los equipos montados y a una hora del comienzo del encuentro, mis compañeros me dijeron: -desmontamos y nos vamos, esto se suspende, ¿pero como van a salir con lo que está cayendo?- se preguntaban. -No hagáis nada, os garantizo que la procesión sale y el encuentro se hace-. Y así fue. Aunque paró de nevar yo sabía que podían más las ganas, la devoción y la tradición que el frío (casi siberiano), entrando sin compasión por el arco de la plaza, por las cinco calles o por la piedra de los muertos. En la memoria estaban muchos recorridos lluviosos, tardes de tormenta con las imágenes tapadas con plásticos o trasladadas a marcha rápida para buscar la protección de la iglesia.

      En estos últimos años he vuelto al capuz y a la fila, ahora, con el Cristo de la Agonía.

      Y, para cerrar mi paso por las cofradías, (aunque no me he vestido nunca) también soy de las Angustias, por aquello de haber hecho la mili en el polvorín de aviación.

      Según Francisco Martín, Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, las procesiones traen su origen de finales de la Edad Media, cuando oleadas de penitentes pobres y sin herencia, corren los caminos de Europa portando imágenes, flagelándose y entregándose a largas penitencias.

      Estamos en la Europa todavía feudal, dominada por dos grandes poderes: el Imperio y la Iglesia. Nobles y altos eclesiásticos abundan en riquezas mientras que el pueblo permanece en la miseria y pasa hambre. La devoción popular había expresado hasta entonces a un Cristo triunfalista, glorificado y dominante, señor del mundo, como señores eran sus representantes en la tierra, el papa y el emperador. Mientras, el pueblo se va a la búsqueda de un Cristo humano, que sufre, pasa hambre como él y es despreciado. La idea de este Cristo se extiende por todo el continente y cobra fuerza con los flagelantes, como consecuencia de la peste negra que asola a pueblos y ciudades en el siglo XIV.

      Por todos los caminos de Europa se organizan procesiones. Apuntan los cronistas que estos flagelantes iban desnudos hasta la cintura, azotándose con látigos de cuero que acababan en púas de hierro, pidiendo perdón a Dios y piedad a Cristo y a la Virgen. Cuando llegaban a los pueblos, hacían representaciones religiosas con las imágenes que portaban, ya fuera en las plazas o en los templos.

      En ese escenario de la España del XVI, empezó la Semana Santa de nuestro pueblo.

      Los primeros datos escritos están fechados en el año 1584, sobre la Hermandad de la Santísima Sangre de Cristo, hoy los de "la sangre", que tienen el privilegio de ser los más antiguos junto a Nuestro Padre Jesús Nazareno, año 1609 y los Apóstoles 1612. Estas eran las únicas tres hermandades religiosas que participaban en las dos procesiones del momento (Jueves y Viernes Santo).

      Entre 1710 y 1910, aproximadamente, la Semana Santa se nutrió de valiosas novedades, hoy, singulares riquezas del pasado.

      Tras este paseo desde los orígenes, quiero contaros otra parte del pregón que he llamado

      RECORDÁNDOTE:

      Siempre se ha dicho que, junto a la pasión cantada, uno de los sellos de identidad de la Semana Santa chinchillana son LAS BOZAINAS. Innumerables son los reportajes que se han hecho para ellas en prensa, radio y televisión. Creo, sin desmerecer otras cosas que es lo que más publicidad nos ha dado a nivel nacional y fuera de nuestras fronteras.

      El que os habla se apasiona con el sonido de estos instrumentos de viento, el toque de la campana y el tambor y el roce con los guijarros de las viejas ruedas de madera.

      Pero lo que gozo y disfruto escuchándolas hoy, tuvo su precio en la infancia. No sé si a alguno de vosotros os ocurría lo mismo pero yo no olvido, con 6 o 7 años, el miedo que pasaba, cuando las oía desde la cama en las silenciosas noches de invierno. Tras un primer intento de falsa valentía, que consistía en meterme debajo de las mantas, (y eran varias) el siguiente paso era salir de la habitación como un rayo a la salita donde estaban mis padres con cualquier excusa o necesidad infantil, que no necesitaba. Cualquier cosa valía antes que reconocer que tenía más miedo que eso... , lo que estáis pensando. Cuando aquel cortejo de sonidos fúnebres abandonaba mi calle, volvía al calor de la cama, que seguía siendo refugio, por sí acaso.

      Las bozainas permiten formas diferentes de vivirlas:

      Puedes acompañar al grupo sintiendo de cerca el toque de los instrumentos, ayudando a salvar algún tramo de escaleras, degustando un vaso de mistela en el portal de algún vecino y escucharlas a pocos metros, eso sí, guardando silencio el tiempo que dura la melodía. Algo que creo deberían exigir los de la cofradía, pedir a los acompañantes que no hablen en ese momento, como señal de respeto y sobre todo, para oírlas.

      Otra forma de vivirlas pasa por escucharlas desde la lejanía. Su sonido se preña de encanto y misterio cuando te llega el eco que produce el cerro, las murallas de barricuenca o cualquier hondonada entre las calles.

      Ese juego de ecos y rebotes, genera un tercer encanto caprichoso de las bozainas, lo difícil que es dar con ellas. Puedes estar en Santo Domingo creyendo que no andan lejos y a lo mejor están tocando por Santa Ana o por las cuevas.

      El canto de la Pasión: Unos textos musicados, (30 estrofas), que relatan las últimas horas de vida; la muerte y la resurrección de Jesucristo. Aunque sin una fecha clara en los archivos pudo estar compuesta en el siglo XIII, cuando en Chinchilla convivían cristianos, musulmanes y judíos.

      Se trata de un canto llano, escrito en letra castellana y con música judeo-árabe. Gracias a la transmisión oral, a un hombre con voz rota y antigua, Eduardo Cebrián, y a un grupo de nazarenos, la pasión se recuperó en los años setenta, llegando hasta nuestros días con el mismo sabor de los siglos y con la compañía de instrumentos, las chirimías.

      Esta joya del patrimonio musical, está recogida en un CD que hace 4 años grabó la Capilla Antigua de Chinchilla, por empeño y cariño a este pueblo del tenor, José Ferrero.

      Las bozainas, que salían por separado repartidas en las cofradías de la sangre y Jesús Nazareno.

      El grupo de los Armados, que se han recuperado este año.

      Otras incorporaciones de aquella época fueron, el encuentro de Viernes Santo (que sé hacia a las siete de la mañana) y la procesión del resucitado.

      Así pasaron esos 200 años, ricos en aportaciones, aunque también con problemas, que felizmente se solucionaban. Si una cofradía desaparecía, cosa que ocurría con facilidad, las otras asumían la titularidad de las imágenes para seguir saliendo en las procesiones. Entre todas las hermandades sacaban más de 15 pasos, incluyendo a San Pedro de Matilla que por 1870 era el patrón de Chinchilla.

      Dicen las crónicas, que los primeros años de 1900, estuvieron marcados por la desgana y la falta de motivación, ofreciendo una pésima imagen de abandono y desidia.

      Pero como curiosidad de aquellos años, cuentan que vivía en Chinchilla un señor que se llamaba Pepe Domingo. Era el dueño de una fonda que estaba en la calle Obra Pía, conocida como la fonda de “Pepe Dios”, sobrenombre que se ganó porque durante la Semana Santa representaba a Jesús. Lo hacia el Domingo de Ramos, a lomos de un borrico subía desde Santo Domingo a la Plaza donde le recibían con palmas y ramos de olivo.

      El Jueves Santo, en un cercado que había en Santo Domingo, se escenificaba el “Huerto de los Olivos”, al anochecer aparecía judas con un pelotón de romanos y prendían a “Pepe Dios”. Lo subían maniatado hasta la Plaza. En el balcón del antiguo juzgado situaban la casa de Herodes y en el Ayuntamiento la casa de Pilatos. Una vez condenado, “Pepe Dios” era coronado de espinas, simulando la sangre con pavonazo. En la puerta del mesón de Las Peras, cargaba “Pepe Dios” con la cruz. La cara llena de pavonazo era limpiada por otra vecina del pueblo que hacía de la Verónica. Después aparecía el cirineo que le ayudaba con la cruz.

      Tras este paréntesis de distracción en los difíciles años que hemos contado, y como todo lo que baja, sube, en 1926, la ilusión de un grupo de paisanos se plasmó en la fundación de una nueva cofradía, Nuestra Señora de la Soledad, haciéndose cargo de la imagen, que ya desfilaba e incorporando la primera banda de cornetas y tambores.

      La llegada de la guerra civil se llevó por delante, como en toda España, toda la imaginería, gran parte del famoso escultor murciano, Francisco Salcillo, salvándose únicamente la Virgen de Las Nieves que pasó los tres años de contienda en un arcón del Ayuntamiento.

      Hace poco me contaba una persona mayor algo sobre aquellos hechos. No sé si es verdad o leyenda popular, me decía que en el traslado de los santos al paraje de La Montera, la mano de San Juan rozó con la barandilla de un balcón, quedando en su interior algunos dedos rotos que, según esta persona, hoy se guardan en una casa del pueblo. Y acabó reflexionando mi informador, con un toque de humor: San Juan pensó, el dedo no lo bajo, antes, me lo quito.

      La década de los cuarenta, llega con más hambre y calamidad que ganas de recuperar lo perdido, pero a pesar de los pesares, la Semana Santa no se olvida.

      Vuelven los Apóstoles, con el Cristo del Sepulcro.

      Se compran varias imágenes, entre ellas, La Soledad, que hoy preside este acto y es la protagonista del cartel. Y sobre todo, el pueblo, que de paisano, va incorporándose a las procesiones.

      Los años cincuenta, gracias a los archivos conservados y al testimonio de los mayores que recordaban como se hacia antes, traen el gran resurgir de aquello que empezó 400 años atrás.

      Se refundan cofradías: “los moraos”, “el cristo”, “la sangre” y “la soledad”. Con mucho esfuerzo (principalmente económico), se compran telas para las túnicas, banderas y galas, se encargan cetros y cirios y se adquieren algunas andas.

      En 1954 se crea San Juan Evangelista, la única cofradía con un marcado carácter gremial. No olvidemos que parte del origen de la Semana Santa en España, se debe a la vinculación de los gremios, personas que vivían del comercio o de otro oficio artesanal y que se agrupaban para fines piadosos o benéficos.

      San Juan, conocida popularmente como la de “los cerámicos” nació en el seno de la fábrica de ladrillos, unida al barro chinchillano, el que tanto pan y tantas alegrías han llevado a muchas casas del pueblo, y tantas horas de sueño ha robado.

      Cuando estaba escribiendo esto- y no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, o si- me acordaba de aquella mañana de primavera, a principios de los años ochenta, que aprovechando el Rosario de la Aurora, se llevó a la Virgen de la Nieves a la fábrica. Se buscaba en la Patrona una ayuda para salir de los durísimos momentos por los que atravesaba la cooperativa que ahogaba sin consuelo a unos socios desesperados y por consiguiente a sus familias. Tiempo después comprobamos con alegría como desaparecieron los problemas y se entró en un periodo de bonanza que llega hasta nuestros días. A lo mejor la Virgen sabrá algo. Que nunca os duela el hombro, hermanos de San Juan, cuando en Viernes Santo y Domingo de Resurrección portéis la imagen del evangelista indicando a una madre el duro camino que le lleva ante un hijo moribundo y dos días después le adelantéis la noticia de un sepulcro vacío.

      La cofradía más joven es la de Nuestra Señora de las Angustias. Fundada en 1984 con los antiguos soldados de aviación, como imagen titular asumió la portada hasta esa fecha por” los moraos”. En 1995 dio un giró a sus orígenes para permitir la incorporación de las mujeres, que años después serían las encargadas de portar la imagen de la Magdalena.

      Yo nunca he tocado el tambor ni la trompeta, pero durante muchos años no me perdía el recorrido que hacíamos los chiquillos pos por lugares entrañables como La Samba (junto a la tienda de Julio Tebar, que en estas fechas llenaba el escaparate de capuces de cartón). El taller de carpintería, justo a la vuelta del auditorio, el edificio de Santa Ana, las cocheras de Santo Domingo, o el palacio de la corredera. Era el recorrido por por los ensayos, nos servia de entretenimiento y estábamos a cubierto, algo necesario en las últimas des de invierno.

      De los recuerdos imborrables, posiblemente de los que más, aparece la representación del famoso musical Jesucristo Superestar. Esto sé hacía en el convento de Santo Domingo hace ya 25 o 30 años. Fue otra de las grandes ideas del siempre querido y recordado, Victoriano Navarro Asín, cura de Chinchilla durante 10 años.

      Los medios técnicos no podían ser más humildes: unos cuantos focos de colores, una mesa de mezclas hecha con llaves de la luz, un radio cassete, un proyector de diapositivas, papel de estraza para los decorados y sábanas para el telón y la pantalla.

      Los actores pertenecían a un grupo de muchachas y muchachos (todos de aquí y conocidos) cargados de ilusión y de ensayos. Si se hacían 3 o 4 representaciones de este éxito mundial-versión Chinchilla- yo estaba en todas, como la mayoría del pueblo.

      Pero, a parte de las luces, la puesta en escena, la música y el sano objetivo de enseñar y distraer, había algo más. Había una forma más comprometida de vivir las creencias, la Semana Santa, la Navidad o cualquier actividad que organizase la Iglesia. Existía una vinculación más comprometida con la vida cristiana (esto es sólo una percepción, no afirmo).

      Posiblemente una de las razones la encontramos en el proyecto OSARIUM CLUB, después CAPRI JUNIOR. Los que vivimos aquella época valoramos sin límites que se hiciera algo así por la gente joven. Los de hoy envidiarían algo parecido. De la Iglesia, del Ayuntamiento o de los dos.

      La Semana Santa que estoy desempolvando, era mucho más sencilla y pobre, en adornos, estética y participación que la actual.

      De los años ochenta me quedo con la procesión del Silencio en Miércoles Santo, cuando el Cristo de la Agonía era portado a hombros por cuatro personas (se hizo así porque no había gente suficiente para sacarlo en andas). Unas cintas de cuero sujetaban la cruz con Cristo clavado, tímidamente iluminado por unas cuantas bombillas que alimentaba la batería de coche atada al madero. Siempre he tenido predilección por este Vía Crucis. El silencio y el solitario tambor moldeaban la noche para el pensamiento y la reflexión.

      La del prendimiento, en la tarde del Jueves Santo, salía con la huella de la última cena, oficiada unas horas antes. Era la primera que contaba con varias cofradías y con la potente imagen del Ecce Homo perdiéndose por la estrechez de Obra Pía.

      El día de la muerte y entierro de Cristo venía cargado de sensaciones. Cada hora que pasaba traía más que la anterior. La mañana la resumo con una parte del Canto de la Pasión.

      “En la calle de amargura se encontraron Hijo y Madre,
y abrazados estuvieron orando al Eterno Padre.

      Adiós, madre-dice el hijo-adiós, rostro soberano
que voy a morir muy pronto por todo el linaje humano.

      Siento tu muerte, hijo mío, como madre, más con todo,
la voluntad de Dios Padre se cumple de cualquier modo”.


A cualquier persona que le pidas recomendación sobre una procesión que se celebre en su pueblo, seguramente hablará del Santo Entierro. Yo también lo hago. Me cuesta ordenar los momentos que emanan de esa noche, inundada de detalles y emociones. Las cofradías enlutan sus vestimentas, capas, galas, guantes y fagines, hasta las sotas, cambian la pluma blanca por la negra.

      Sin olvidarme de ninguna cofradía, esa noche mi prioridad era la salida del Santo Sepulcro recibido por el toque de las bozainas. La Virgen de la Soledad entre una hermosura de flores y la compañía de “las Manolas”, que tanto frío pasan y tanto nos hacen pasar. Mi reconocimiento a esas mujeres, también en la mañana del domingo.

      El Sábado Santo era el traslado del Virgen del Rosario.

      Si el domingo acompañaba el tiempo, estaba asegurada una buena mañana para el Resucitado. Las bandas tocaban sus marchas ligeras, las caras descubiertas, la plaza llena de gente intentando adivinar que cofradía llegaba y por que calle. En el momento del encuentro me gustaba estar cerca de la Virgen del Rosario para disfrutar del instante en que es bajada al suelo para ponerle entre sus brazos la hermosa talla del niño Jesús.

      Si hablo del desfile final, una vez celebrada la misa, me acuerdo de aquel hombre alto y vestido de negro. Me acuerdo de Baltasar Madrona. Nadie le ha puesto tanto estilo y tanta precisión a las revueltas que daba al llegar a los cañones. Se paraba en seco esperando la llegada de los suyos, sabiendo que los aplausos le pedían más. Y podía hacerlo, aceleraba y de una metía la marcha atrás. Era un no querer dejar la plaza porque una vez que se pisaba el muro casi empezaba la del año siguiente.
Siguiendo los pasos de “Balta” aparecía la Virgen del Rosario que cerraba el desfile bajo una lluvia de caramelos, los que habíamos comprado en los quioscos de Federo, Pedrín o la Teresica, seguramente de Hellín.

      Y así he ido viviendo lo nuestro. Exprimiendo cada instante para complacer a los cinco sentidos.

      El olor de las flores en los tronos, el incienso purificador o las bolas de polilla al abrir los baúles de las túnicas.

      El tacto en la piel del tambor o en los cirios helados.

      La vista por los ojos de un capuz que te permite conocer sin que te conozcan, los ojos de un capuz para ver a la gente mayor o impedida viendo la procesión desde algún portal, desde un balcón donde ya cuelga la palma del Domingo de Ramos o detrás de un visillo que limpia alguna lágrima emocionada.

      El oído para las bozainas, para una saeta, para el llanto de un niño que no aguanta más, para las ordenes a los portadores cuando pasan las imágenes por debajo del arco, para la matraca en la hora nona y sobre todo, para el silencio.

      Semana Santa de los cinco sentidos que vuelve con el gusto y el olor.

      Treinta y tantos años después sigo buscando lo que hacían (y siguen haciendo) las manos de mi madre; las comidas de cuaresma, los rollos fritos a los que les hacía dos catas, una primera siendo masa y una segunda antes de enfriarse. Los rellenos dulces con canela y corteza de limón. Por suerte sigo teniendo esas tardes de olores y sabores de una feliz infancia, mucho más en Semana Santa.

      Quiero destacar el trabajo que se hace desde la Junta, las cofradías y la Iglesia. Son muchas horas de preparativos y reuniones. Tiempo restado a la familia o al descanso.

      El esfuerzo de la Agrupación Musical Virgen de las Nieves que dirige Antonio Cortijo.
Esfuerzo porque muchos músicos tienen que elegir entre la banda y su cofradía y no es fácil. Pero la banda sigue saliendo aportando un toque de elegancia y solemnidad.
Ahora y por deformación profesional, tengo que el honor de adelantaros una noticia. Este año la banda tocará una nueva marcha procesional llamada “Cristo de la Agonía” que ha compuesto mi amigo Fernando Rodenas. El estreno el martes que viene.

      En cuanto a novedades de los últimos años destaco en primer lugar la representación “Pensando en la Pasión” del Martes Santo. Si no me hubieran dicho de quién fue la idea, sé con seguridad que nuestro cura no estaría lejos. Felicidades, Sebastián Aguilar, por lo conseguido en su rincón favorito, la puerta de Diablos y Tiradores. El enterramiento del señor en la cueva de la Rupia, inundada de velas, es de una belleza difícil de superar.

      También de la Iglesia partió la idea de hacer una procesión infantil en la tarde del lunes. Algo que después copiaron en otras localidades de la provincia.

      Reconozco el interés por los detalles menores, pero no menos importantes. Es un acierto cambiar la luz artificial de los pasos por velas naturales o cera líquida.

      El haber conseguido unificar el color de las cofradías. No quedan muy lejos los años en que teníamos todas las gamas de verdes, azules, rojos y morados.

      El rectificar cuando se vistieron imágenes que no eran de vestir. Se comprobó que no quedaba bien y se dejaron como estaban.

      Ante todas las novedades, retos y aportaciones que caben en nuestra Semana Santa, sería bueno que se partiera de una idea: Buscar más la calidad que la cantidad.

      En el año 2000,el periodista Carlos Herrera, fue el Pregonero de la Semana Santa de Sevilla. La parte final decía así:

      “Hace ya dos milenios vivió un hombre que sólo saboreó la vida durante treinta y tres años: era hijo de un humilde carpintero, nació en un pequeño pueblo y vivió en otro hasta que cumplió los treinta. Nadie supo nada de él durante ese tiempo. Predicó entonces durante tres años. Nunca tuvo una familia, ni un hogar, ni vivió en una gran ciudad. Nunca viajó más allá de doscientos kilómetros de su lugar de nacimiento. Jamás escribió un libro, ni abrió una oficina, ni fundó una compañía. Él perdonó a sus enemigos y fue crucificado entre dos ladrones.
      Al morir, sus ejecutores se sortearon la que era su única propiedad, su túnica, poco antes de ser enterrado.
Han pasado veinte siglos, dos mil años, y ese sencillo hombre es hoy la figura central para gran parte de la humanidad. Todos los ejércitos que han desfilado, todas las armadas que han navegado, todos los reyes que han reinado, juntos, no han tenido la misma influencia sobre la vida de los seres humanos que tuvo ese hombre que protagonizó una vida solitaria”.

      Parte de lo contado esta noche se lo debo a los trabajos de investigación y publicaciones de Placi Ballesteros, Joaquín Molina, Manuel Alcázar y Manuel Collado. Gracias. También a Carmen Muñoz, por la locución del video inicial. A Mairena Montejano, Pedro Camacho y Santiago González por el montaje informático de imágenes y fotos.

      Me marcho con dos compromisos:

      El Primero: seguir poniendo la radio donde trabajo a disposición de la Semana Santa o de cualquier actividad que se celebra en el pueblo.

      El Segundo: pasa por hacer lo mismo que mucho habéis hecho y otros hacéis ahora. Enseñar a los hijos como y porque celebramos la Semana Santa.

      Yo tengo dos, Nacho con cinco años, que dice que este ya se viste para salir con su primo Fernando y Mateo que con dos años, tararea, cuando quiere, el toque de las bozainas. Los dos han pasado la prueba de tener los tambores a la altura de la cara y no llorar.
De familia también les viene algo: Su abuelo paterno, Pedro García, mi padre, desfiló junto a Diego Campos y Antonio Albujer con los primeros tambores en el año 1954 y redobló el tambor durante muchos años en la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Su bisabuelo materno, Juan Segovia, participó en la Fundación de la Cofradía San Juan Evangelista.

      Y la madre de las criaturas, Beatriz Madrigal, aprobó con buena nota las duras pruebas a las que le sometí. Ha llegado a ver la misma procesión tres veces. A la salida de la iglesia, cruzando la plaza y entrando por el arco. Para más INRI, si venía la cosa bien le proponía un ultimo recorrido por el interior de la Iglesia. Todo eso sin faltar ningún año y aguantando mis ganas de procesiones, dos meses antes.

      Lo de mis hijos no sé si lo conseguiré, pero si no la quieren más, la querrán tanto como vosotros.

      Que tengamos una Semana Santa tranquila y sin enfrentamientos, no merece la pena. No se es más ni menos por tocar, desfilar o portar de una forma o de otra.

      “Dicen que no hay soledad más intensa que la de un ser humano que ha perdido un hijo. Carne de su carne, se le va la vida propia en su muerte”.

      Dedico este Pregón a la Virgen de la Soledad y a todas las madres.

      A las que están y a las que se fueron un día cualquiera, vestido de viernes santo, hacia un eterno Domingo de Resurrección.

      Ha sido un honor, queda pregonada la Semana Santa


                                                Chinchilla 31 de marzo de 2007.