Pregón de D. Pedro Joaquín García Campillo.


  

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE 2006 DE CHINCHILLA.



        Ilmo. Sr. Alcalde de Chinchilla, Ilustres. Miembros de la Corporación Municipal, Sr. Párroco, Sr. Presidente de la Junta de Cofradías, Sres. Presidentes y miembros de las seis Cofradías y de la Hermandad de los Apóstoles. Sr. Presidente y miembros de la Junta de Cofradías de Albacete; queridas y queridos chinchillanos, amigos todos:

        En el mes de julio del año 2002, me encontraba en una ciudad de México. Estaba impartiendo unas clases a un buen grupo de profesoras y profesores. Al terminar, tras los aplausos habituales, observé que todos seguían sentados, y uno de ellos, cortésmente, me interpeló: “¿Por qué no nos cuenta algo de usted?, …¿dónde ha nacido?...

        -Yo nací en un pueblo pequeño, Chinchilla de Montearagón, que está situado en un cerro desde el que se divisan las llanuras de La Mancha. En España. No demasiado lejos cabalgaban D. Quijote y Sancho. El paisaje es de llanuras y tierras viejas, que han visto mucha historia; son de color marrón, de muchos marrones: claro, terroso, oscuro, sanguinolento… de una infinidad de matices, y salpicado de verdes grisáceos, pero, a su vez también distintos, de muchos verdes.

        Arriba, a casi 1000 metros de altura, está su castillo. Piedras que tienen 500, 600, quizás más, años de antigüedad. Y debajo del castillo, por empinadas cuestas, se levanta la plaza: preciosa. Cuando a veces llevo allí a mis amigos, se quedan admirados de su Ayuntamiento, de los pórticos… Ahí está la iglesia, que tiene planta de catedral gótica, y en la que se venera, en una capilla lateral, a la Patrona, la Virgen de las Nieves. Desde la plaza, parten las calles, con los palacios y casas blasonadas.

        Y todo este conjunto está rodeado de murallas: los restos de sus murallas medievales. Fuera, extramuros, abajo, está el barrio de El Arenal. Allí se encuentra lo que fue el convento de Santo Domingo, la segunda fundación de la Orden en España, con artesonados y un claustro mudéjar… Este convento fue comprado por un bisabuelo mío y, cuando nací, era la casa de los abuelos Pedro y Rosa, era la posada de Santo Domingo, la que en el pueblo se conoce con el nombre de “La Posá” y que con el paso del tiempo dejaría de serlo.

        Tuve la sensación, a medida que hablaba, que estaba redescubriendo Chinchilla. “¡Qué suerte haber nacido en un pueblo así! -exclamó uno de aquellos profesores- ¡Me gustaría conocerlo!”.

        Creo que aquellas personas estaban admiradas: admiradas de mi pueblo, de nuestro pueblo; que es ciudad, “Muy Noble y Muy Leal”. Lo son sus piedras, pero sobre todo, lo son, lo sois, sus habitantes.

        ¡Qué suerte haber nacido en Chinchilla! Agradezco a esos profesores mexicanos que, en un momento determinado de mi vida, tal vez coincidiendo con la entrada en la madurez, me hicieran sentirme especialmente orgulloso de mi pueblo.


        Ahora también es una suerte, y un honor, que me hayáis elegido para pronunciar el pregón de la Semana Santa. Y quisiera hacerlo al tiempo que rememoro la vida de un niño. Un niño que, meses antes de que llegara la Semana Santa, ya oía en el patio, en las galerías de la casa, de La Posada de sus abuelos, cómo ensayaban las trompetas y tambores. Se escapaba de su madre y se colaba sin que le vieran –o eso creía él- y observaba cómo marcaban el paso, cómo se ponían rojos y abultaban la boca, especialmente los jóvenes, para hacer sonar las trompetas. Su tío Alfonso era también de los que ensayaban; aunque me parece que se cansó pronto y decidió concentrar su ayuda a la Semana Santa abasteciendo de comida y bebida a los cofrades: ¿quién en Chinchilla no ha sido testigo de su generosidad y buen humor?

        Ese niño no sabía que vivía un momento histórico para la vida de Chinchilla: por entonces se habían refundado la Cofradía de San Juan, la de Nuestro Padre Jesús, la de la Sangre y, meses antes, se había fundado la del Cristo de la Agonía y Santo Entierro. ¿Y la de la Soledad? Nació casi con él, en el patio de la Posada. Y por allí estaban Paco el de la Dalia (D. Francisco Yáñez), Pedro Madrona, Noé (D. Noé Martínez), el tío Antonio (D. Antonio García González), D. Avelino (del Rey), Ramiro, que era vecino, y se sentaba a la puerta de la casa en las largas tertulias veraniegas; y Silvino (D. Silvino Ortiz) y también D. José Serrano.

        Cuando aquel niño apenas andaba, su padre lo llevaba a las procesiones de la mano; y enseguida los abuelos le regalaron una túnica. Recuerdos de niño aún perdurables: ¡Qué alto le parecía Balta, Baltasar Madrona, “Pavera”!, que también era muy fuerte. A veces, se ponía al lado suyo cuando Pavera hacía aquellos desfiles airosos con la Cruz que servía, que sirve, de guía a la Cofradía. Pavera era –lo es en el Cielo- el padre de Mari Pili y José María, amigos suyos. A su lado, desfilaba el primo José Luis; y bien pronto se juntaron más amigos: recuerdo ahora a Juanjo, ese gran artista del hierro, hombre de bien, como todos los que aquí aparecen.… Y cuando llegaban a la plaza, ¡qué espectáculo! Con la plaza llena, se sentía rodeado de los suyos; los suyos también eran todos los que desfilaban, todos los nazarenos.

        De pronto, el bullicio, había que dejar sitio: entraban desfilando “los romanos”, con Pelayo al frente y luego, años más tarde, con Antonio Ruiz, el marido de Reme, también amigos de sus padres. Y entonces buscaba con la mirada al tío Florentino, y a su hijo, José Luis, que eran del Cristo de la Agonía y del Santo Entierro. O al tío Amaro, que era el que iba al frente de los Apóstoles. Los tres ahora, como tantos otros que estamos recordando, el tío Antonio, Paco el de la Dalia, Florentino, Noé, etc. nos miran desde el Cielo. Y también encontraba con su mirada al primo Paco y Antonio, -Antoñín,- o a Tino, y a tantos otros amigos y conocidos.

        Pasan los años. Casi sin enterarnos. El niño ya empieza a no serlo tanto. Últimamente, ha desfilado con su hermano Paco, que ha heredado su túnica infantil. Más tarde, la heredará el hermano pequeño, Alfonso. Ahora los amigos empiezan a sentirse fuertes, mayores: quieren llevar las andas de la Soledad, e incluso, al llegar al Matadero, se esconden para fumar los primeros pitillos. Salvador el del Cerro, inolvidable, pone orden y a veces llega a enfadarse con aquellos adolescentes a los que costaba aceptar la disciplina de la Cofradía. Salvador, ¡qué gran corazón!... Sus llamadas al orden en la puerta de la Posada, mientras la Fefa (entrañable mujer, siempre tan cariñosa y dispuesta a desvivirse por ayudar) ofrecía caramelos y se bebía cuerva, ponían la nota de autoridad y advertían de la responsabilidad y el orgullo de vestirse de nazareno.

        Esos niños, esos adolescentes, disfrutaban con la Semana Santa, la vivían a su manera, deseaban que llegara, pero se les escapaba su sentido. Lo peor es que tal vez ahora, de mayores, se les siga escapando: ¡tan profundo y tan grandes es!...

        Vamos ahora, si me lo permitís, a “levantar el telón”; a intentar saber por qué cuando llegan estas fechas Chinchilla vive su Semana Santa; qué hay detrás de estos días.


        Hace dos mil años, Dios Padre decide que ha llegado el momento. Y su Hijo se encarna, toma carne humana en el vientre de su Madre, la Virgen de las Nieves, la mujer más bella, más dulce, más Madre, que nunca ha existido. Y de Ella nace Cristo, sin romper su virginidad, como la luz atraviesa el cristal. Madre e Hijo, con José, al principio, en el taller, irían hablando y preparándose para lo que habría de venir. Nunca nadie ha sido tan feliz como ellos, porque nunca nadie ha sido tan fiel a Dios como esas tres personas humildes, que pasaban desapercibidas en una aldea de Nazareth.

        Vendrá luego el darse a conocer,… los apóstoles,… los milagros; la predicación de una doctrina sublime, liberadora, esperanzadora para el hombre y la mujer que caminan por su existencia terrena.

        Llega el Domingo de Ramos. Los que le aclaman, los que salen a su encuentro con ramos de olivo, días después le van a insultar…a escupir.

        Lunes, Martes. Miércoles…Jueves Santo. Estamos a punto de llegar al centro de nuestra Historia, de la verdadera Historia de la Humanidad. En ese Jueves Santo, en la intimidad del Cenáculo, casi en confidencia, Cristo pronuncia : palabras solemnes, únicas: “Esto es mi Cuerpo…Mi Sangre…” El Mandamiento Nuevo…. Lo que ocurre en la Última Cena forma, como sabemos, una unidad inseparable con el Viernes Santo: Cristo nos ama tanto, que nos deja su Cuerpo y su Sangre, que se van a entregar y verter en la Cruz. Para el cristiano, Eucaristía y Cruz, son dos palabras sinónimas.

        Tras la Última Cena, La Agonía en el Huerto: soledad, un sufrimiento infinito.

        Tomás Moro, el que había sido Lord Canciller de Inglaterra se queda perplejo cuando medita estos momentos: “En Getsemaní, -nos dice- Jesús queda dramáticamente solo” , con los apóstoles grotescamente dormidos.

        S. Lucas , en su Evangelio, nos cuenta que, era tal su sufrimiento, que “entrando en agonía… su sudor se hizo como gotas de sangre que caían en tierra”.

        A partir de aquí, todo se precipita: ruido, vocerío de un tropel de gentes, Judas el traidor que le besa y lo entrega. Empujones, ultrajes, las risotadas, los bofetones, los falsos juicios, la flagelación…la carne que se desgarra y se rompe. Viene la condena. San Juan, con un laconismo sobrecogedor, nos dice en su Evangelio: “Entonces, (Pilato) se lo entregó para que fuera crucificado”

        Cristo con la Cruz. Cristo en la Semana Santa de nuestro pueblo: sale de la Iglesia; baja sus cuestas y atraviesa el Arenal, sube fatigosamente por la calle del Matadero y, atravesando el arco, llega a la Plaza. Es el momento de “El Encuentro” con su Madre y San Juan.


        Volvemos ahora por un momento a los recuerdos de aquél niño que habíamos dejado atrás. Inolvidable aquella mañana de Viernes Santo, en la que, con sus amigos, se escabulleron de las filas de la Soledad, para abrirse paso entre las demás cofradías, entre el bosque de colores de la túnicas (negros, bl, blancos, verdes, azules, granates…) y ponerse junto unos nazarenos vestidos de &0;morao”, quienes, dirigidos por Eduardo Cebrián, cantaban en un tono desconocido la Pasión. Mientras, en la Plaza, se hacía –se hace- el silencio.

“Madre nuestra del Rosario,
sal y verás a Jesús,
que en sus lastimados hombros,
lleva una pesada cruz.

Siento tu muerte hijo mío,
como madre, mas con todo,
la voluntad de Dios Padre,
se cumple de cualquier modo.

        Han pasado los años, y los de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús siguen manteniendo la tradición, ahora dirigidos por Josefina Ortega:

Adiós madre- dice el hijo.
-Adiós rostro soberano,
que voy a morir muy pronto,
por todo el linaje humano.

.En tan triste despedida,
hermanos míos cofrades,
contemplad cómo estarían
madre e hijo entre pesares .


        El pequeño y sus amigos no sabían que estaban oyendo unas estrofas que probablemente tengan más de 500 años, que forman parte del pasado de su pueblo, y que, en su sencillez y en su fuerza, expresan todo el drama de la Pasión.

        Poco a poco, dolorosamente, por las calles estrechas y resbaladizas, llegamos al Calvario. Por Santa Ana, el empedrado es irregular, la marcha es más penosa. Obra Pía, Las Cinco Calles. El Nazareno cargado con la Cruz.

        Aquí aparecen la debilidad humana y, al tiempo, la infinita grandeza de Cristo.

        Hay un santo al que tuve la suerte de conocer y que ha tenido uno una influencia decisiva en mi vida, san Josémaría Escrivá. En uno de sus libros nos cuenta con breves palabras, la escena:

Ya está en lo alto… -Y, junto a su Hijo, al pie de la Cruz, Santa María… y María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Y Juan, el discípulo que Él amaba. (se dirige desde la Cruz a Juan)..-¡Ahí tienes a tu madre!: nos da a su Madre por Madre nuestra.

“Le ofrecen antes vino mezclado con hiel, y habiéndolo gustado, no lo tomó. (Mt 27,34)”

Ahora tiene sed, de amor, de almas.

“Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó su espíritu”

        De pronto, tinieblas cubren el cielo. Un terremoto sacude la tierra. Unas mujeres lloran. El centurión que estaba ante el Crucificado, al verle morir de ese modo, dijo: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”.

        Longinos, que así se llamaba este centurión, nos ha dado la clave: el que ha muerto es el Hijo de Dios; es el propio Dios que se ha hecho Hombre.

        ¿Y qué hace muriendo en la Cruz?

        El Catecismo nos da la respuesta: Cristo murió en la Cruz para redimirnos del pecado.

        ¿Y qué significa “redimirnos” y qué significa “pecado”?

        “Redimirnos”, según la Real Academia, quiere decir: “rescatar, sacar de la esclavitud al cautivo mediante un pago, un precio”. Y también, “poner término a algún vejamen, a algún dolor o molestia”

        Es decir, Cristo, con su muerte, nos ha rescatado de una esclavitud: de la del pecado.

        Es frecuente una concepción algo pueril, ingenua, del pecado; pero el pecado es el causante de la Semana Santa.

        Pecado es, ante todo la ofensa a Dios. Pero además, nos hace daño personalmente, nos debilita, impide la felicidad humana, tanto personal como colectiva. Es el origen último de tantos problemas como a veces hay en las personas, en las familias,….

        Imaginemos una sociedad en la que se pudiera robar impunemente, se pudiera matar a todo el que nos llevara la contraria, el mentir fuera lo habitual en las relaciones humanas, junto con la calumnia y la difamación, la mujer no fuera más que un puro objeto de deseo, se vejara a los padres y no se respetara la ancianidad ni la niñez.

        ¿Podríamos salir a la calle en una sociedad así? Hemos enumerado una parte de los Diez Mandamientos. Es más, faltan los que hacen el resumen y son más “grandes”: amar a Dios y a los demás por Dios.

        Los Diez Mandamientos son un límite, una ley de mínimos, que si se sobrepasan, causan un grave atentado contra la propia naturaleza de la persona humana; y en nuestros días, en algunos ambientes se está atentando gravemente contra su dignidad.

        El problema está, quizás, en que el hombre moderno, heredero de filosofías que ya sabemos que han fracasado, que han hecho daño, lo espera todo de la ciencia, de una ciencia que ha conocido avances espectaculares, que ha ayudado a acercar a los hombres, a mejorar sus condiciones materiales y fisiológicas de vida; pero una ciencia que, también y especialmente en los últimos años, parece dedicar una parte de su esfuerzo a un camino sin control, atacando la propia vida humana justo en los estadios más débiles de su existencia (el nonato, el enfermo, el anciano).

        La libertad es esencial en la persona; no es algo que “le damos” al ser humano, sino que disfruta de ella por el mero hecho de ser hombre. Pero la libertad no es un fin, sino un medio para luchar por un fin, el fin de la propia dignidad, del cada día ser mejor, más “persona”. Si usamos la libertad sin control, se convierte en algo que puede hacer al hombre esclavo de sus pasiones o de sus ambiciones. La libertad tiene su límite en la dignidad, en lo que es propio de la naturaleza humana. Si esto no se respetara, si las ciencias experimentales, la política, la economía, la moda, no la respetaran, podríamos llegar a una sociedad que caminase hacia su fin, hacia su propio desmoronamiento, a su decadencia.

        Me gustaría invitar a los chinchillanos, y especialmente a los jóvenes, en cuyas manos está el futuro de nuestro pueblo, a que, por encima de cualquier ideología política, del signo que sea, defendamos la dignidad de la persona; se respete la vida en todas sus manifestaciones. Y también a que nos sintamos interpelados por aquellos que, faltándoles lo necesario, deben luchar por el mero sobrevivir.

        Hagamos algo por desterrar la cultura de la muerte, hagamos algo por desterrar la miseria. ¡Que defendáis –que defendamos- la vida! ¡que vayáis siempre en busca de la verdad!, ¡que descubráis la belleza del Bien! , ¡apostad por lo bueno, por lo noble, por lo que engrandece al hombre! A los jóvenes, el gran Juan Pablo II os decía: “Sed fuertes. Así conseguiréis cambiar el mundo gradualmente, transformarlo, hacerlo más humano, más fraterno, y al mismo tiempo, más según Dios” .

        En la Biblia, en el Libro de Job , se describe la “noche del hombre”, la vida sin esperanza: “Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha” .Sin embargo, el mismo autor, unas páginas más allá, mira hacia lo alto, a ese Dios que se ha hecho Hombre, y recobra la esperanza: “Scio enim quod redemptor meus vivit” (estoy perdido, pero sé que mi redentor vive).

        Esto es lo que nos recuerda la Semana Santa, la verdad de la existencia humana. Cristo entrega su libertad, su vida, por redimir al hombre. El hombre se hace libre cuando decide, porque así lo quiere, entregar su libertad por amor. Amor y felicidad vienen a ser palabras que significan lo mismo. Pero para que haya amor, para que haya felicidad, tiene que haber entrega. La entrega mutua de la madre y del padre; la entrega por educar a los hijos; el sacriacrificio por los demás… la de la amistad…Sin esa entrega el mundo resultaría inhabitable

        En su Encíclica “Deus caritas est”, Benedicto XVI dirá como Jesús está en la Cruz por Amor, un Amor, con mayúsculas, a través del cual, “hace tomar conciencia del Amor de Dios” Es, dirá el actual Papa, un amor que es infinito, y es fuente de todos los demás amores, que son su reflejo. Es el hombre que se siente mirado por Dios y querido por su Padre.

        La Semana Santa, seguimos con Benedicto XVI , señala un peregrinaje interior, un volver interiormente a Cristo, a volver a encontrarlo en la Confesión, en la Eucaristía, en la Misa, y así redescubrir el sentido de la vida de cada uno. Es un volver a la Casa del Padre, que nos recibe siempre con los brazos abiertos.


        Tras la tristeza y el dolor del Sábado Santo, amanece y lo hace radiante porque llega el domingo de Resurrección: Cristo que abandona el sepulcro. No hay dudas: es Dios. Debemos acudir corriendo a la llamada, como María, que tanto le amaba; como Juan, como Pedro… Todos estamos ahora, como cada año, de nuevo convocados a la Plaza. La mañana es única. De nuevo el Encuentro, pero ahora ya todo ha pasado. San Juan vuelve a dejar paso a la Virgen, pero ahora está sonriendo, es la del Rosario. Las capas se vuelven…, el negro deja paso al blanco, la noche a la luz, la desesperanza a la esperanza, a la alegría profunda de la Resurrección.

        Alegría, sí. Pero para los nazarenos, un “punto de pena”: ha llegado el momento de guardar las túnicas. Pero no de esperar un año para revivir el mensaje de estos días, porque forman parte de nuestra vida diaria. Ahora sabemos que el sufrimiento y el gozo, las alegrías y las penas, la vida y la muerte, tienen un sentido distinto.


        He estado leyendo vuestras revistas anuales. Es reconfortante lo que decís los presidentes de las cofradías de Chinchilla. Vosotros sabéis y habláis sencillamente, maravillosamente, de las “verdades de la Verdad”. Seguro que ayudáis a mucha gente.

        Estoy finalizando, y lo voy a hacer con unas palabras de nuestro presidente, D. Diego Gómez , en su “Saludo”, del 2005:

        “Un año más nos encontramos ante las puertas de nuestra gran Semana Santa, un año más esperamos todos con ansiedad que lleguen los días de ponernos la túnica y coger el tambor y salir a desfilar…

        Y en ese mismo artículo, se despedía así: “Vamos a vivir la Semana Santa que Jesús nos enseñó, la vivida dentro de la fe de este pueblo, porque en Chinchilla es la Semana Santa de las murallas, la única, la peculiar y tradicional, pero ante todo es la nuestra, la vivida dentro y cada uno de nosotros con toda la pasión nazarena. ¡Vívela!”

        Quiero dar expresamente las gracias a D. José Requena, y con él a toda la Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía, Santo Entierro y los Romanos, que hace unos meses me honraron nombrándome Hermano de la Cofradía. Gracias, es un honor que agradezco y valoro.

        Gracias a D. Feliciano Madrona, presidente de la Soledad: los detalles de gran calidad humana que tuvo el año pasado cuando volví a vestirme de nazareno después de tantos años, me emocionaron. Gracias también a D. Manuel Alcázar, que me ha brindado su ayuda y colaboración con documentos, con datos, sobre todo con su tiempo. Por supuesto, a D. Joaquín Gabriel: quizá él sea el primer culpable de que esté yo aquí leyendo este pregón: Muchas gracias, Joaquín. Y, como no, de nuevo al tío Joaquín, D. Joaquín Campillo, por sus palabras, por haber estado con nosotros esta noche.

        Y gracias a todos: a la Junta de Cofradías, al Sr. Alcalde, al Sr. Párroco, y en definitiva, a todos los que cada día cuidáis de este pueblo. Y, por supuesto, a todos los chinchillanos. Es una gran suerte haber nacido en Chinchilla.


        ¡Que la Virgencica de las Nieves nos proteja a todos!


Pedro Joaquín García Campillo

Chinchilla, 8 de Abril de 2006