Pregón de D. José Antonio
Nuño de la Rosa Pozuelo

Jefe de Medicina
Nuclear del  Hospital de Murcia.


  

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE 2004 DE CHINCHILLA.



      Dignas Autoridades, Presidente de la Junta de Cofradías de Chinchilla, Cofrades, paisanos todos.
      Sólo la ilusión de dirigirme a vosotros, con la intención de hacer algo útil por el pueblo que me vio nacer, puede justificar mi atrevimiento al ocupar ésta tribuna. El sentido de cumplimiento del deber moral que me ha inculcado mi familia y la formación religiosa que he recibido han vencido mis últimas dudas y temores. De niño fuí monaguillo, con D. Federico Navarro, en nuestra Iglesia de Santa María del Salvador. Participé en Acción Católica de Chinchilla, cuando aquella tenía su sede en la Iglesia de Santa Ana, en donde recibí el bautismo al terminar la Guerra Civil. He recibido una formación religiosa que me exige compromisos y dar testimonio cristiano, sin que logre siempre el propósito. De todas maneras creo que fuí un tanto inconsciente cuando acepté el encargo, pues de haber conocido los anteriores pregones que ofrece la página web de Chinchilla de Monte Aragón seguro que no habrían sido dudas y temores, ...habría sido pánico. Los pregones que aparecen en aquella son brillantes, excelentes y documentados. Aprovecho la ocasión para hacer y solicitar homenaje público a Santiago González Garrote, alma de la citada página web, por la gran labor que desarrolla.
      Una vez aceptado el envite me planteé angustiado qué pregón debía hacer. Está claro que nuestro pueblo impone carácter. Por la estructura de la Ciudad y por su clima nuestro pueblo es austero, por lo que dudaba si sería apropiado un pregón literario que posiblemente no sabría hacer bien y que quizás no era oportuno repetir. Tampoco me parecía adecuado un pregón poético, como los que suelen hacerse en Sevilla, en los que se tiene como referencia a los maestros del pregón como Federico García Sanchís y José María Pemán, ó en la actualidad Carlos Herrera. Por ello, con un esquema relativamente clásico, sencillo y académico, me dispongo a ocupar durante unos minutos la amable atención de mis paisanos.
      En primer lugar quiero manifestar mi gratitud a la Junta de Cofradías por darme la oportunidad de ocupar tan ilustre tribuna, y en especial a Joaquín Gabriel García por su inestimable colaboración. Les debería haber explicado mis limitaciones ya que si tengo alguna habilidad se encuentra en el campo de la Medicina Nuclear. Por ello debo solicitar la benevolencia de mis oyentes con la esperanza de que así resulte mejor mi intervención. Espero que la ilusión y el cariño que he puesto en el empeño suplan mis deficiencias. Me hubiera gustado subir a uno de los venerables púlpitos de nuestra Iglesia, pero también es una gran oportunidad hablar en éste magnífico Auditorio y aprovecharme de que aquí podemos apoyar el pregón con algunas imágenes. Lo que si os puedo asegurar es que éste momento quedará grabado indeleblemente en el recuerdo de mi extensa familia, tan ligada a ésta vieja Ciudad, de la que conservo unos recuerdos extraordinarios.
      He leído varias veces el Pregón del año 2000, pronunciado por D. Luis Guillermo García-Saúco Beléndez, que resulta un documento muy valioso para la memoria de Chinchilla por la recopilación de datos precisos, que permiten conocer y valorar la antigüedad y la evolución histórica de nuestra Semana Santa. Muy interesante me pareció el leído por mi colega José Luis Teruel Briones, al que felicito y me gustaría saludar.
      Para una persona como yo que, desgraciadamente, lleva tanto tiempo desligado de su pueblo, lo primero que llama la atención es comprobar la importancia y lo relevante que es nuestra Semana Santa, con una antigüedad equiparable a la de otras grandes y famosas Semanas Santas de España.
      Creo que la importancia y la antigüedad de nuestra Semana Santa es consecuencia de lo que era nuestra Ciudad en los siglos XVI y XVII; las procesiones comenzaron porque la población tenía sentimientos piadosos y tradición religiosa, como lo atestiguan los asentamientos de Ordenes monásticas en Chinchilla. De un periodo similar son las procesiones de Sevilla, Valladolid, Zamora, Murcia, etc. Como prueba del parecido les muestro ahora algunas imágenes de la Semana Santa de Murcia.
      Impresiona la antigüedad, la evolución y el presente de nuestra Semana Santa, pero no es menos impresionante el esfuerzo, la ilusión, la entrega y el amor que han puesto las Cofradías, tres de las cuales acaban de cumplir el cincuenta Aniversario de su Refundación, para llegar adonde hoy estamos. Baste decir que, al término de la trágica guerra civil, en años de tantas dificultades y penurias, hubo que partir de cero, hacerlo todo para llegar a tener unas procesiones de Semana Santa como las que disfrutamos ahora. El esfuerzo ha sido y está siendo enorme y habrá que resaltarlo una y otra vez. Nosotros, los chinchillanos, tenemos una deuda de gratitud con la Junta de Cofradías, que ha logrado un desarrollo procesional y una madurez corporativa tal que hizo posible el reconocimiento institucional por el que se otorgó el calificativo "De Interés Turístico Regional" para nuestra Semana Santa.
      Algo sé del esfuerzo que hacen los cofrades por sus procesiones, ya que mis hijos y yo pertenecemos a la Cofradía murciana de Nuestro Padre Jesús Nazareno, como también lo fueron varios antepasados, llegando a ser presidente de la misma Diego Aguilar-Amat y Marín-Barnuevo. Sé muy bien cuantos sacrificios hay que hacer para que cada año salgan a la calle los pasos. Los esfuerzos para mantener las imágenes en condiciones ideales, para que las bandas de tambores y bozainas entrenen y se preparen, a costa del tiempo libre de sus componentes. Lo debates, propuestas y planes que hay que realizar para que se mantenga el orden procesional, para que los cofrades y penitentes vivan la Cuaresma que les prepara para el gran desfile pasional. Muchas veces las personas llegan a pensar que ésta labor se realiza para dar satisfacción a la vanidad individual ó para el lucimiento personal y muy pocos saben de los sacrificios y entrega que exige el sacar una procesión y que nada más terminar una Semana Santa ya se está preparando la del año siguiente. Se trata de una labor callada, casi anónima, vocacional.
      Creo que el resurgimiento de nuestra Semana Santa ha ido paralelo con el de nuestro pueblo, con el de la Muy Noble, Leal y Fidelísima Ciudad de Chinchilla. Debemos sentirnos orgullosos de nuestro pueblo, de su historia y de su futuro. No se debe olvidar que los Reyes Católicos, en su visita a Chinchilla, juraron mantener los privilegios reales concedidos a nuestra Ciudad; que nos visitó San Vicente Ferrer, como lo recuerda la inscripción en piedra existente en el altar mayor de nuestra principal Iglesia; que Chinchilla fué la Ciudad manchega más importante del antiguo Reino de Murcia y que durante algunos años fuimos capital de provincia. Se puede pensar que bien, que todo eso está muy bien, pero que ya es historia. Pero no lo es el que nuestra Chinchilla esté resurgiendo año tras año y que tenga un futuro prometedor.
Ahora quiero hacer una reflexión sobre lo que supone, para los cristianos, los días de pasión en la Semana Santa y que, más ó menos vamos a revivir en las procesiones de nuestro pueblo, días llenos de un cierto sentimiento de dolor y de consternación. Pero también quiero que reflexionemos sobre lo que Jesús hizo por nosotros, para que el Padre nos haya ofrecido la Resurrección, la Pascua, la Esperanza y la alegría de la vida futura.
      Va a comenzar la Semana Santa en Chinchilla y como hace dos mil años en Cesarea de Filipo, cerca de las aguas del Jordán, en el ángulo de la actual frontera palestina con el Líbano y Siria, Jesús de Nazaret hizo una pregunta a sus discípulos que hoy todavía tiene varias respuestas. Dijo Jesús: "¿Qué piensa la gente de mí?". Le dijeron que la gente decía que era un hombre de Dios, un profeta de Dios en la línea de los grandes profetas de Israel. Pero Jesús les apremió con otra pregunta: "¿Y vosotros, qué decís?.¿Quién soy yo para vosotros?". Pedro le contestó: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". De ésta manera se expresa la respuesta cristiana, lo que es la fe de la Iglesia. Esa pregunta nos la podríamos hacer hoy y serían varias las respuestas según quienes fueran ese "vosotros". De cualquier forma la respuesta siempre será una forma de fe, de confesión de la fe. Otros en cambio no tendrán una respuesta de confesión, respetarán la figura de Cristo, pero no será determinante para una confesión de fe.
      Esta pregunta, "¿Quién soy yo para vosotros?" espero que nos la planteemos todos, inquietando en la hondura de nuestras almas, cuando la figura del Nazareno pase por delante de la multitud. La respuesta dependerá de cada uno de nosotros.
      Se suele decir: "los jóvenes creen que un día morirádos los hombres, pero no que eso tenga que ver, al menos de momento, con ellos". Por eso quiero deciros: ¡jóvenes, aprovechar bien vuestra vida!. En cambio, el viejo es alguien que sabe que él va a morir y no tardando mucho. Jesús muere joven, con la conciencia de que su sacrificio da respuesta al reto humano de la muerte, que se constituye como el enemigo número uno de la civilización moderna. Se presume de progreso, de civilización, pero en ése terreno no se ha avanzado nada. Se puede alargar la vida de los hombres pero el desenlace sigue siendo el mismo. La muerte sigue siendo el máximo enigma de la vida humana y todos los esfuerzos de la técnica moderna por prolongar la vida del hombre no pueden calmar la angustia que éste siente ante la certeza de su desaparición. Es Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. De ahí que la muerte de Jesús sirve para la liberación humana de la muerte.
      No tendría sentido que el Hijo de Dios muera sin ésa finalidad. Impresiona en la vida de Jesús el hecho de que se encamine a la muerte, que no la esquive, que no acepte componendas, aunque en algún momento le pida al Padre que le alivie del cáliz amargo. Impresiona más la seguridad que tiene de que su muerte supondrá el triunfo que culmine su vida terrenal.
      Los apóstoles se entristecían al oírle hablar de su muerte, sin entender que les estaba anunciando su resurrección. No entendían que el Hijo de Dios, al que esperaban como el rey de los judíos, fuera a morir en la cruz, la más ignominiosa de las muertes.
Los discípulos de Cristo, como sus contemporáneos, creían en la resurrección al final de los tiempos, como la de Lázaro que presenciaron, pero no entendían que la voluntad del Padre de enviar a su Hijo al mundo, y que iba a sufrir el tormento de la cruz, nace de su gran amor a los hombres. Dios quiere positivamente la muerte del Hijo en la cruz porque ésta es condición necesaria de nuestra purificación y de nuestra salvación. La muerte del Hijo, querida por el Padre, es aceptada consciente y libremente por el Hijo, por el amor al Padre y la obediencia a sus designios. Jesús dice "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado". Toda la vida de Jesús estuvo marcada por la obediencia: "El Hijo de Dios-dice San Juan-ha bajado del Cielo no para hacer su voluntad, sino la del Padre que le ha enviado".
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, murió realmente en su naturaleza humana ya que ésta conoció la separación entre el alma y el cuerpo. Sin embargo, la persona divina de Jesucristo continuó asumiendo toda su naturaleza humana, incluso después de haber muerto ésta. Dios no muere en la cruz. Es el Hombre el que muere en ella.
      Jesús "anticipa" su "resurrección" en la transfiguración del monte Tabor apareciendo en toda su majestad junto a Moisés y Elías. Para pra presenciarla elige a Pedro, Juan y Santiago, que también estarían con El en su hora más dura: la del huerto de los Olivos. Para los discípulos ésta aparición de Moisés y de Elías tenía sentido, pues ya lo anunciaba el Antiguo Testamento: eran los representantes de la ley y los profetas. La Mesianidad de Cristo se completa con la declaración del Padre: "Este es mi Hijo muy amado. Escuchadle".
      El misterio pascual es el momento culminante de la historia de la salvación y su luz irradia sobre toda la problemática y la historia de los hombres. Tras la Resurrección la creación adquiere un sentido nuevo, pues gracias a la Pascua del Señor está llamada a renovarse en nueva creación. La Resurrección es una verdad fundamental del cristianismo. Cristo verdaderamente resucitó por el poder de Dios, no se trata de un cuerpo revivido, como el de Lázaro, que volvió a morir. Cuando decimos que "Cristo vive" no usamos una manera de hablar para expresar que vive en nuestro recuerdo. Cristo vive para siempre con el mismo cuerpo con que murió, pero éste ha sido transformado y glorificado (Cf. Cor. 15:20, 35-45) y la muerte será vencida al final de los tiempos (Cif. I Cor. 15:26) estableciéndose plenamente el reino del Señor.
      Todos resucitaremos y Cristo es el primer fruto de la nueva creación (Cif.1 Cor 15:20). Con su cruz El ha abierto las puertas para que nosotros también resucitemos, de ahí nuestra creencia, profesada en el Credo de los Apóstoles, de "la resurrección de la carne". Ahora somos hijos de Dios y cuando se manifieste seremos semejantes a El porque le veremos tal cual es (I Juan 3:2).
La Resurrección es la culminación de la historia y la confirmación de que la salvación del hombre no es una utopía sino una realidad. Como victoria decisiva sobre todo mal y sobre todo límite humano y como premisa y primicia de nuestra resurrección, ella nos dá el impulso decisivo para el compromiso cristiano en el mundo y para su esperanza en el futuro. Esta es la más importante consecuencia de la muerte y resurrección de Cristo, la esperanza en el futuro, la esperanza en otra vida, para vivir junto a Jesús y al Padre.
      Los momentos pasionales son para vivirlos con recogimiento, con el sentimiento piadoso que origina el recuerdo de la Pasión de Jesús. Pero tengamos en el horizonte inmediato la certeza de un mundo nuevo que nos depara Jesús y que, con su pasión, muerte y resurrección, nos trae la redención, la liberación de los hombres.
Permitirme ahora unos momentos de añoranza, de evocación de mi feliz infancia en Chinchilla. Quiero manifestar que mi vivencia chinchillana fue inmensamente feliz. Que todos mis recuerdos son gratos y que siempre he paseado el nombre de nuestro pueblo con orgullo. Tengo grandes y numerosos recuerdos de mi casa de la calle Virgen de las Nieves, en donde nací y a la que traje a mi mujer y a mis hijos, para que conocieran nuestras raíces. De nuestra iglesia, que es orgullo de nuestro pueblo. Recuerdo la escuela de mi maestro Don Diego Carrillo y la vecina fragua de la familia Vulcano, con sus rítmicos golpes de fragua. Recuerdo numerosos amigos, destacando de entre ellos a Paquico "el del Bolo"; a los hermanos Saínz-Pardo; a los Tébar, Alcantud, Picazo, Palacios, Madrona y tantos otros. Son entrañables los recuerdos de David el hijo del hojalatero y de Migalo que vivía en lo alto del callejón que hay entre mi casa y el Auditorio. Muchos recuerdos de Ramón, el Guardia Municipal. De la Rufina y su puesto de cascaruja, en los bajos del reloj de la Plaza. Fue muy feliz mi estancia en Chinchilla. Nuestros juegos tenían un gran escenario. Esa Plaza en la que recuerdo una hermosa fuente que hizo instalar el Concejo que presidía mi bisabuelo Enrique Barnuevo. Recuerdo los bailes de verano en el Claustro del convento de los Dominicos, entonces patio de la posada del Arenal.
      No quiero terminar sin hacer una manifestación de fé hacia nuestra Patrona, Nuestra Señora Virgen de las Nieves y tener un recuerdo cariñoso hacia la persona que fue su Camarera y es mi madre.


Gracias a todos y a vivir la Semana Santa 2004.