Pregón de D.Antonio Moraleda Galán
Director General de Bienes y Actividades Culturalesde la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha


  

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE CHINCHILLA 2002





Queridas amigas , queridos amigos; 
Chinchillanas y chinchillanos:

     Me vais a permitir que empiece congratulándome con vosotros por el éxito que habéis tenido al conseguir, con el esfuerzo de todos, que esta Semana Santa, que vuestra Semana Santa, haya sido declarada "de Interés Regional".

    Creo que es un éxito que cabe atribuir a vuestro tesón, a vuestro empeño. Al esfuerzo de la Junta de Cofradías, detrás de la cual está todos los hermanos y hermanas, las y los cofrades, de cada una de las numerosas y en algunos casos antiquísimas Cofradías de esta ilustre ciudad de Chinchilla de Montearagón.

    Como decía, detrás de cada una de esas Cofradías está vuestro propio esfuerzo: la conservación de las imágenes, sus vestidos, los tronos que les permiten ser paseadas por el pueblo; pero también el cuidado de vuestras túnicas y otros utensilios imprescindibles en los desfiles procesionales. Está, en una palabra, vuestro cariño, vuestro apego hacia lo que es una tradición secular, transmitida de generación en generación.

    Porque la Semana Santa, más allá o más acá de su dimensión espiritual, religiosa, de meditación, de reflexión sobre los misterios últimos, es también una construcción humana: una conmemoración marcada por las características culturales de cada pueblo, de cada región, de cada colectivo. En unas zonas predominará la música, el ruido; en otras el colorido de las túnicas ; en aquellas la grandiosidad de los pasos; es éstas el recogimiento y la austeridad de los desfiles.

    Por lo que me cuentan, éste es vuestro caso: aquí, en Chinchilla, la Semana Santa es recogimiento, austeridad, sentimiento, expresión colectiva de dolor, y -al llegar el Domingo de Resurrección- alegría igualmente colectiva por lo que ese Día significa de vuelta a la vida, de esperanza.

    Las raíces de vuestra Semana Santa se hunden en siglos muy lejanos de nuestra Historia. Ya a finales del siglo XVI (el que algunos llaman Siglo de Oro de España) existen referencias de algunas profesiones y en esa época se constituye la Pía Cofradía.

    En el siguiente siglo, el XVII, se crea la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno así como la Cofradía de los Apóstoles. También de este siglo arranca la tradición de las bozainas, esos instrumentos tan peculiares y específicos de vuestra Semana Santa chinchillana, que emiten sonidos tan característicos de lamento, de dolor, tan propios de estos días de Pasión y recogimiento.

    En el siglo XIX, a pesar de la Guerra de la Independencia, de las guerras carlistas y de las desamortizaciones, vuestros antepasados encontraron tiempo para crear nuevas Cofradías: como la de la Sagrada Penitencia de Nuestro Señor; llamada después del Cristo de la Misericordia.

    La primera mitad del siglo XX es, por lo general, tiempo de crisis para la cultura y la celebración de la Semana Santa, pese a lo cual, en ella se crea la Cofradía de la Soledad.

    Tras el dramático paréntesis de la Guerra Civil vuelven las procesiones y el renacimiento de antiguas o surgimiento de nuevas cofradías. Así por ejemplo en 1954 se refundan la de Jesús Nazareno, la de la Virgen del Rosario, la de La Soledad, la de San Juan Evangelista; y un año después la de Nuestra Señora de los Dolores.

    En las siguientes décadas se fundan la de los Apóstoles (1963), la de Aviación (1984) y ya en la última década del anterior siglo las del Resucitado y la de las Angustias.

    Y qué quiere decirnos toda esa sucesión de nombres y de fechas: pues esos nombres y esos años nos hablan del esfuerzo de grupos abnegados de mujeres y hombres decididos a enriquecer, a mejorar sus Semana Santa, vuestra Semana Santa de Chinchilla.

     Nos hablan de gentes que roban tiempo a sus ocupaciones habituales (sus trabajos, sus familias, su ocio) para dedicarlas a continuar esa tradición, ese esfuerzo colectivo que es una cofradía, que se plasma luego en una procesión y, lo que es más importante, que recibe el calor, el reconocimiento, la admiración de sus paisanos y de los forasteros que vienen hasta aquí para contemplar vuestra Semana Santa.

    La Semana Santa también aquí, en Chinchilla, como en toda Castilla-La Mancha, es tradición familiar. Cada año, el mismo ritual se repite en cada hogar. Se rescatan de los altos de los armarios las túnicas y las caperuzas conservadas con mimo y cuidadosamente protegidos con naftalina. La Semana Santa es, además de manifestación de religiosidad, un punto de encuentro: hermanos cofrades que se reunen en torno a la cena de hermandad, para hablar del paso y de la vida, de las ocupaciones y preocupaciones de todo un año; de las previsiones del tiempo para el día mágico, definitivo de la procesión, y así de tantas y tantas cosas.

    La Semana Santa aquí, en Chinchilla, como por lo demás en buena parte de Castilla-La Mancha, está en su sobria desnudez desprovista de excesos ornamentales, falta del color de los primaverales adornos florales, espectacular.

    En su sencillez y modestia, puesta en evidencia por la ausencia de soberbias imágenes talladas por los más reconocidos maestros escultores, radica su mayor virtud, su rasgo distintivo. En su sobriedad reside su hecho diferencial.

     Sus procesiones son una manifestación del clamor popular y la explosión de un sentimiento contenido y callado durante meses. Y esa misma explosión de piedad, de recogimiento, de reflexión; ese silencio, entrecortado por le sonido cansino y machacón, triste y fuerte de un tambor o una trompeta, llega a veces a erizar la piel, a provocar la contención de la respiración y a emocionar el alma.

    Yo quisiera hoy que estas humildes palabras mías se dirigieran a todos los que gustan de esta Semana Santa, de vuestra Semana Santa de Chinchilla. A todos, a los chinchillanos y a los que no los son (como es mi caso); a los fieles creyentes y a los que dudan en su fe o, sencillamente son agnósticos; sólo debería excluir de estas palabras, de esta dedicatoria a aquellos que no valoran la tradición, aquellos que piensan que el mundo comienza en ellos o desde ellos. Esos, los que no tienen Historia por porque no creen en la Historia, tendrán otros derechos, pero quizá no el derecho a emocionarse una tradición que tejéis con paciencia desde hace más de cuatrocientos años, cuatro siglos.


    Se dice pronto, más de cuatro siglos, con sus incertidumbres, con sus cambios políticos y sociales; con sus nuevas y viejas costumbres, con sus modas y sus tendencias no han sido capaces de acabar con la veneración de los misterios que se produjeron allá en Palestina -en esa tierra ahora ensangrentada y dividida de Israel y de Palestina- hace algo más de dos mil años.



    Yo creo que eso es lo que hace verdaderamente grande una celebración como ésta de la Semana Santa: su universalidad, su permanencia en el tiempo, y algo que a mí me admira muchísimo: como consigue atraer -algo que es de puro viejo más que centenario- a los jóvenes, a las chicas jóvenes también; a hombres y mujeres muchos de los cuales no lo han heredado de sus padres sino que se han acercado a ella, a las celebraciones religiosas y a sus manifestaciones populares por identificación con algo que consideran muy suyo, muy auténtico, muy enraizado en las más remotas raíces de su pueblo, de vuestro pueblo.

    No quiero cansaros más. Sólo quiero aprovechar mis últimas palabras para agradecer sinceramente a quienes han tenido la deferencia de invitarme a compartir estos minutos con vosotros. A quienes han permitido, con su invitación que me acerque, que conozca este prodigio de religiosidad, clamor popular, austeridad, sobriedad, recogimiento y tradición que es la Semana Santa de Chinchilla. Quién sabe, de no haber sido así, si alguna vez habría llegado a conoconocerla.

    Y por último quisiera transmitiros mi felicitación, mis palabras de apoyo, de aliento.

    Entiendo que un pueblo que cultiva así su historia, sus raíces culturales, que recuerda y revive el pasado cada año, como lo hacéis vosotros, un pueblo así, no puede ser de ningún modo un pueblo muerto.

    Sois, por el contrario, un pueblo con afán de vivir, de revivir el pasado, para reforzar vuestra alma, que también es muy necesario y poder de este modo seguir afrontando las dificultades del presente. El camino diario, el individual, el de cada uno de nosotros, de nuestras familias, pero también el colectivo, el de un pueblo, una comarca, una Región, está lleno de esfuerzos. Pero esos esfuerzos no son más que metas que cada uno, o cada grupo, se marca para mejorar, para afrontar un futuro mejor que aquél que heredó de sus padres, de sus predecesores.

    Y en eso veo yo que sois un pueblo vivo; en ese afán de mejora, de superación, de esfuerzo, incluso de sacrificio si me apuráis, que felizmente en este para vosotros año de gracia de 2002 ha tenido su recompensa con la consecución de esa distinción, de ese reconocimiento "de interés regional" para vuestra Semana Santa que -estoy seguro- es el mejor premio que os podían haber dado.

    Enhorabuena y vivid vuestra Semana Santa.

    Recreadla este año cada minuto con más fuerza, con más energía que nunca; conseguir que la conozcan este año los que aún no lo han hecho; contadla con entusiasmo, con pasión a vuestros amigos, conocidos o familiares de otros pueblos, de otras ciudades, de otras regiones. Haced, en definitiva, una Semana Santa nueva, distinta, viva, que mejora por y gracias a vuestro esfuerzo cada año.

   Porque ella, y Chinchilla así lo merecen.

     Muchas gracias.

Antonio Moraleda Galán
Director General de Bienes y Actividades Culturales
de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha