Pregón de D. Arturo Tendero López
Periodista


  

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE CHINCHILLA 2001


                        Amigas y amigos de Chinchilla:

         Agradezco el honor que me brindáis de dirigirme a vosotros en esta tarde en que la ciudad entera forma una piña en torno a su Semana Santa. Un honor que es mayor todavía al repasar los nombres de quienes me precedieron en esta tarea. Personas ilustres, algunas de las cuales me han ragalado el don de su amistad, como es el caso del inolvidable Juan José García Carbonell, o como Luis Guillermo García Saúco, que el año pasado nos ilustró, desde este mismo micrófono, sobre la historia de la Semana Santa y de Chinchilla.

       Me gustaría ser digno de este honor, y limitarme a anunciar la pasión, en lugar de haceros sufrir una pasión con mi charla.

      Sólo hay que ver el aspecto imponente que presenta esta tarde la iglesia de Santa María del Salvador, para entender lo que significa para los chinchillanos la Semana Santa. Devoción es la palabra que creo que mejor define esta entrega. Devoción que es una palabra que viene del latín y que significa consagrarse, dedicarse a algo en cuerpo y alma.

      Consagrarse a la manifestación religiosa, en primer término, pero consagrarse también al propio acto, al rito en sí mismo. Participar en la ceremonia, no como mero espectador, sino entregarse de lleno, confundirse conpueblo como uno más. Eso es también devoción.
Por desgracia, en este tiempo que nos ha tocado vivir, este tipo de entrega es cada vez menos frecuente. Los habitantes de lo que llamamos el primer mundo vivimos abocados al vértigo de los medios de comunicación y de nuestras gestiones diarias. Se está perdiendo el rito, la ceremonia de las pequeñas cosas. Dice un proverbio hindú que si las cosas pequeñas de tu vida las haces con prisa, no tienes alma, tienes prisa. Esas pequeñas cosas eran nuestras ceremonias. Ya nunca las hacemos despacio. Cuando las hacemos, se han quedado en carcasa, en cáscaras sin contenido, sin alma, pero hemos perdido muchas de ellas, hemos perdido hasta la breve ceremonia de bendecir la mesa antes de comer. Por eso, porque nos faltan los ritos, ahora que el tiempo meteorológico se nos ha vuelto loco, y nos fríe de calor en invierno y nos obliga a usar el abrigo en verano, a veces no sabemos ni en qué mes vivimos.

      El año de Chinchilla, sin embargo, está perfectamente dibujado por sus ritos, por sus ceremonias tradicionales. El belén navideño que cada año convoca a miles de visitantes nos marca una época muy concreta del año. Una poco más tarde es el encuentro nocturno en torno a la hoguera de San Antón, junto a la ermita del mismo nombre. O la ciudad tomada por esos muñecos sorprendentes que llevan el nombre de Miércoles. O el sonido estremecedor de las bozainas en las noches de Cuaresma. O la Semana Santa que nos disponemos a vivir. O pronto, en mayo, la soldadesca, que ya es un preludio de la fiesta mayor en honor de la Virgen de las Nieves. Y luego, la romería campestre de San Miguel.
Chinchilla es una ciudad privilegiada. Ha recuperado sus ritos, los tiene repartidos a lo largo del año, y strega a ellos. Todas las épocas del año tienen viva su referencia y los vecinos las celebráis con una intensidad que se ha perdido, o diluido, en la mayor parte de los lugares del mundo cercano.
 
      No creo que exista mejor ejemplo de lo que estoy diciendo que la Semana Santa, que en Chinchilla es pasión en todos los sentidos. Pasión todo el año. Desde mucho antes de que empiece, las bandas de cornetas y tambores llevan meses entrenándose, sus toques dan vida a las últimas tardes oscuras del invierno y a las primeras tardes de la primavera. La devoción prende en los niños. Hace poco me contaba un buen amigo (que quizá esté por aquí) que, buscando mi casa, se encontró con un grupo de niños que estaban jugando a la Semana Santa. Habían montado una procesión, con sus pequeños pasos, y se comportaban con una solemnidad que a mi amigo lo dejó profundamente impresionado. Sé que existen precedentes de este curioso juego infantil, y no creo que sea la última vez que sucede.
Pero no sólo los niños dan fe de lo hondo que ha calado esta tradición en los chinchillanos. De mis primeras tardes en Chinchilla guardo un recuerdo imborrable. Era una de esas tardes de frío pelón. Caía una lluvia fina. Las gotas parecían agujas de hielo que se clavaban en la piel. Nos encontramos cuatro gatos, puede que tres, ante la procesión, desafiando a la climatología. Pero para mi asombro y el de los poquísimos que alcanzamos a contemplar aquel espectáculo heroico, los nazarenos desfilaron con el mismo orden y la misma concentración que si atravesasen una apretada muchedumbre. Era digno de verse. No estaban desfilando para la gente que pudiera mirarlos, estaban desfilando para Dios, para sí mismos, para Chinchilla, para los chinchillanos que durante generaciones y generaciones habían desfilado antes que ellos.

       Es normal, las bozainas llevan toda la Cuaresma adobando el aire de la ciudad (que es como decir los ánimos de los vecinos) de esa sombra de recuerdos y de historia. Las bozainas que aún ponen los pelos de punta a muchos que fueron niños y que las oyeron acercarse por las tenebrosas esquinas de una población a la que no habían llegado las farolas eléctricas. Alguna vecina me ha confesado que tiene grabados en el sistema nervioso los sones anunciadores de la campana y el tamboril, y sólo de oírlos se estremece. Cuando ni más al escuchar la música de esos tubos que, con sus lúgubres quejas, hacen que las almas se pongan de rodillas.

      Además está el entorno, el marco de la ciudad. Chinchilla está en una montaña. Es una montaña. Como el monte de los Olivos, como el Calvario, el Gólgota. Más correcto sería decir que Chinchilla está repartida entre dos cerros, el de San Vicente y el de San Cristóbal, que se pasan los ecos el uno al otro. Desde que la humanidad tiene memoria de sus actos, los pueblos han buscado la altura para celebrar sus ritos religiosos. La altura que está más cerca del sol y de las estrellas, más cerca del espíritu. Chinchilla no es muy alta, pero es lo más alto que hay en muchos kilómetros, y ha ido guardando la vibración de todos cuantos han venido hasta aquí a encontrarse con sus misterios, cualquiera que fuera la religión que los traía.
Aunque no sólo es la altura. Son las calles también. Estrechas y empinadas (y esto lo saben bien los portadores). Chinchilla guarda aún buena parte del trazado medieval, como una valiosa cicatriz de su nacimiento. Y en las ceremonias, como si fuera un laberinto sagrado, parece sufrir una mutación que la transforma en otra ciudad. Es como si la luz de la luna, las tulipas de los pasos y los cirios de los nazarenos, con su transcurrir, devolvieran por un rato al paseante los misterios que durante el resto del año se esconden en la rutina y nos pasan desapercibidos.

       Tampoco creo que sean ajenos a esta sensación de encontrarse en otra ciudad los sonidos que acompañan a las procesiones. En particular, los tambores. La Semana Santa tiene una palpitación única, se mueve al ritmo que le marca el tambor. Las cornetas orientan el aire alrededor de los tambores que son el corazón de la Semana Santa. Este noche, los toques frenéticos de la tamborada nos contagiarán la excitación, el extravío en el que nos adentramos. En los próximos días, las bandas de tambores y cornetas nos devuelven a una epoca que está más dentro que fuera de nosotros, a un lugar a medio camino entre la infancia y la tristeza. En la noche del Miércoles Santo, el tambor estremecido que tocan por turno unos niños, suena como si todos los corazones atenuaran su pálpito para reunirse en ese pálpito común, y delgado, como la luz de una vela que puede apagarse en cualquier momento. Y el domingo, tras el Encuentro, y después de acompañar a la Virgen, cuando todos los cofrades regresan, confundidas las capas, con la triste alegría de haber cumplido un deber que era un placer, los tambores le devuelven a Chinchilla su rutina de siempre.
 
      Ninguno de esos sonidos sería el mismo si en vez de oírse entre los ecos de dos cerros, en calles estrechas y empinadas, se vertiesen entre los rascacielos de una ciudad moderna, o en un pueblo de la llanura. Chinchilla es ese cofre especial, único, para el tambor, para la luz. Ese cofre, en cuyo fondo se guarda un tesoro que sólo se saca a relucir una vez al año. Me refiero a ese canto de 30 estrofas que se interpreta en la mañana del Viernes Santo, en el Encuentro, arropado por unas chirimías. El canto de la Pasión no sólo suena distinto, es que es único en el mundo.

      A través de sus estrofas cortadas, arromanzadas, nos llega temblando la voz de la historia, de la pequeña historia de Chinchilla, que es muy larga. Estos días, además, la ciudad crece, engorda, se ensancha con los chinchillanos que un día emigraron y eligen la Semana Santa para reencontrarse, y participan como si no se hubieran ido, como si quisieran devolverle a la ciudad toda la energía de su nostalgia.
A veces, tan bañados tenemos los sentidos por sonidos, luces, olores y emociones, que nos parece que hay alguien más desfilando. Nos parece que, confundidos bajo los capirotes, entregados en cuerpo y alma al anonimato de la Procesión, diluidos los oficios, las familias, todo, en ser Chinchilla, no están sólo los cofrades de ahora, sino que están, intercambiables, reviviendo entre nosotros, sus abuelos, sus tatarabuelos, el pueblo que se perpetúa y se encarna a sí mismo, a la vez, en todas sus épocas.

      No podemos olvidar que ante todo la Semana Santa es una manifestación religiosa, la de un pueblo que año tras año revive el desamparo por la muerte de Cristo y la alegría de su Resurrección. Por ello, y dado el sentido religioso que ha de calarlo todo, deberíamos aprovechar este baño, esta inmersión en la cofradía gigante del pueblo, para deshacer viejas rencillas, viejos malentendidos y poner el año a cero, listo para volver a empezar, como si verdaderamente en el Domingo de Resurrección resucitáramos todos. Sería el mejor regalo que podríamos darnos, ahora que por fin se ha conseguido ese otro regalo por el que la Junta de Cofradías lleva tiempo trabajando.
Porque creo que lo sabéis, parece seguro que el año que viene esta Semana Santa será considerada (como las de Hellín, Tobarra y Albacete) de interés turístico regional. Por fin se ha demostrado que no hacen falta benlliures, salzillos o montañeses para ofrecer a quienes quieran venir una singularidad sin parangón, digna de verse y sobre todo de vivirse.
Por eso, vecinos de Chinchilla, cofrades, atrás quedan los días en que desfilabais bajo el frío pelón con la virgen por toda compañía. Como pregonero de este año, os invito a palpitar con los ecos y los ritos de la Semana Santa chinchillana. A seguir agrandando un año más vuestra leyenda. 


Un fuerte abrazo a todos.

Arturo Tendero López
Periodista. Co-Director de la revista "La Siesta del Lobo".